El Quiebro
"Lastimoso", de Ibán, manteniendo a raya a los aficionados (Foto: Florent Lucas)"Lastimoso", de Ibán, manteniendo a raya a los aficionados (Foto: Florent Lucas)

Análisis de bravura

Ramón Bellver 'El Blanco'
viernes 07 de diciembre de 2012

Los aficionados a la calle, por norma general, llegamos a confundir bravura con buen comportamiento. Son muchos los detalles y circunstancias que definen a un toro en las calles como bravo…

Los aficionados a la calle, por norma general, llegamos a confundir bravura con buen comportamiento. Son muchos los detalles y circunstancias que definen a un toro en las calles como bravo. “La bravura es la capacidad de lucha hasta la muerte”, decía D. Juan Pedro Domecq. Lo comparto, pero en las calles, no tenemos un baremo generalizado para medir dicha capacidad y nos guiamos por comportamientos y sensaciones que nos dejan los animales. Es muy complicado afirmar con certeza si un toro es bravo o no en la calle. A mi modo de ver, un toro me lo demuestra por la entrega que muestre en las embestidas. Que tire de riñón al hacerlo, que no le dé miedo pegar en cualquier talanquera, siempre y cuando el físico le acompañe, ya que si está mermado, difícilmente podrá demostrar nada. Entrega y empuje, acompañadas de casta, son de las mejores virtudes que nos puede ofrecer.

Hoy en día es muy complicado que un toro se haga respetar y podamos ver toda su capacidad al máximo. Ahí está la clave. En Massamagrell (Valencia), en la Peña Taurina, vi un toro de Baltasar Ibán, “Lastimoso” de nombre, con el número 18, que sí pudo demostrar lo que llevaba dentro porque, además de bravo, tenía un fondo de casta importante. Gracias a ese fondo se hizo respetar en un recinto complicado. Nada más salir del cajón empezó a apretar a los rodadores, llegando incluso a cortar el terreno del ansia con la que embestía. Porque cuando un toro aprieta de verdad puede llegar a cortarte el terreno sin ser esa su intención, no porque “haga cosas raras”. Que le pregunten si no a Antonio Ferrera con el toro “Acelerado”, de Bañuelos, en la plaza de Zaragoza, que hizo honor a su nombre, en un tercio de banderillas vibrante.

Esto provoca que ya desde el principio se marque una línea, que si el rodador la pasa, siente que está en terreno enemigo. El toro, a su vez, mantiene su territorio limpio del que no lleve encima el carné de recortador y se puede emplear a su antojo, que si encima, sale de dicho territorio, si no le molesta nadie, a buscar pelea, queda como un grande. A este animal, no hubo un recortador capaz de darle dos vueltas seguidas, con y sin chaqueta, y despejó esa moda con dos apretones. No obstante, quedó ratificada la nobleza del toro en buenos quiebros que se realizaron. Sobre todo me gustó uno sin chaqueta, al final de la actuación, por parte de Juan Nieto, de Museros, que dejó boquiabierto al respetable. En ese quiebro me demostró lo que era el toro. Última arrancada, tras una hora suelto, de largo, transmitiendo la casta que llevaba dentro, humillando, entregado al máximo y con nobleza. Esto y la decisión del joven rodador, un regalo para la vista.

Nos mostró con su actuación el modelo de toro que persiguen ahora mismo en la ganadería de Baltasar Ibán, confirmado por el mayoral de la casa tras ver el vídeo de la actuación de su pupilo. Bravura, entrega, transmisión, nobleza y sobre todo, casta. Me hubiera gustado ver desarrollar esas cualidades en una plaza, frente al caballo, la seda y la franela. Me doy por satisfecho haberlo visto en las calles de mi pueblo.

Por desgracia, esto se ve muy poco. Aunque eso también es lo bonito, salir de casa en busca de la bravura más pura y poder encontrarla. Busquémosla pues.

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