Iba para figura, tenía condiciones, un taurino tan perspicaz como Juan Ruiz Palomares, que había sacado de su honesta chistera un pájaro de la categoría de Ponce, le metió en su incubadora. Parecía que el futuro le esperaba con los brazos abiertos. Era menudo, pero tenía gracia, cabeza y algo que sólo suelen tener los que acaban llegando al final de los sueños. Se llamaba Rafaelillo, murciano, listo, con un potencial extraordinario si la suerte no le volvía la espalda. Y la diosa fortuna se puso primero de perfil y luego le soltó de su mano como quien tira un pañuelo en la orilla del mar.
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