Esa manera de ser nuestra, inconclusa y dividida, fue la feria de Quito. Unos fueron porque, a su juicio, era la forma de protestar, de arropar a esa afición y de no dejar que la Fiesta decayera. Otros no fueron porque ir era claudicar a una norma impuesta que podría, puede ser la caída de la primera ficha del dominó con el mensaje político prohibicionista: se puede celebrar la corrida sin la muerte del toro. O: no es necesaria la muerte del toro para que haya toros. Los dos argumentos pueden tener su razón de ser, mitad y mitad. Eso es como casi siempre, la fe de un lado y la creencia de otro lado. A mí no valen ni uno ni otro argumento. Para mí el problema es superior, va más allá de las razones expresadas, mucho más allá. Para mí es una cuestión de fortaleza, de unidad, de criterio, una cuestión de vigencia del toreo y su acomodación al compás de la sociedad actual. No del político actual.
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