Entre ciudades declaradas antitaurinas y ciudades declaradas taurinas hay un lo mismo. Las declaran los políticos. Es como si nosotros no pudiéramos declarar nada porque nada tenemos o nada somos. Los políticos, que no la política, cazan votos y declaran blanco o negro en una dirección utilitaria. Pero si el toreo, esta fiesta de la que se sabe todo sin saber jamás qué es o qué se considera legalmente, fuera una oferta de calidad, fuerte y sana, podría decidir que es porque tendría una fuerza similar a la que buscan los políticos, la gente, la masa, el público. Una fiesta débil es el mejor abono para su fusilamiento político. Una fiesta mediocre es la sala de estar de un muerto. Barcelona murió de muerte de bala, de un Balañazo. Dejó al toreo debilitado siguiendo su propia decisión de cierre del negocio. Pum. Muerto.
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