Una semana después me niego a escribir el más sentido de los epílogos, la despedida más doliente, el epitafio más desconsolador. No me tocó estar en el adiós, o en la esperanza, de La Monumental de Barcelona, el último bastión del holocausto taurino que los políticos catalanes mantenían medio en pie en su territorio. Que, por cierto, menos no logren lo contrario, ese territorio también es el nuestro; y el de muchísimos catalanes que no han tenido ni arte ni parte en esa carnicería. Me tocó el sol y la alegría de Sevilla en su dorada Feria de San Miguel. Pero lo escuché todo, lo leí todo y me siento orgulloso de la mesura y claridad de los compañeros que han narrado con voz y pluma firme aquel desgarro, aquella apoteosis, aquella mezcla envenenada de fervor y dolor.
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