Una de las frases hechas que tengo más oída, desde niño, es aquella tan manida que afirma: “Cuando hay toreros no hay toros y cuando hay toros no hay toreros”. Lo que confirma que el toro fue en todas las épocas la base fundamental del espectáculo taurino, y también la paciencia y la resignación las virtudes más firmes del aficionado. Esas siguen siendo verdades de Perogrullo. Pero en lo que al toro respecta hay que distinguir entre la bravura, la casta, la nobleza y el genio. Y las cosas se complican.
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