Si a partir de hoy no se le hace justicia a Diego Urdiales es que ya no queda ni un gramo de sensibilidad entre los que mandan en el toreo. Y a partir de ahí, todo lo malo que le pase es poco. Y no creo que esté el horno para bollos.
Cuando un gran toro y un gran torero se encuentran en una plaza como la de Bilbao, se produce el estallido cósmico que justifica la eternidad del toreo como arte. Un toro de Alcurrucén, más guapo que Rodolfo Valentino y más bravo que el Cid Campeador, y Diego Urdiales, un torero firme con el secreto del temple, rebosante de torería y con un valor sereno sin estridencias ni arrumacos, condiciones que dan como resultado la excelsitud del clasicismo taurómaco, se han fundido con un público serio que sabe valorar en su justa dimensión lo que ocurre en el ruedo.
Y se ha producido el milagro de una tarde para el recuerdo. Y el reconocimiento, verdadero espaldarazo, para un torero que necesitaba romper la barrera del sonido para entrar por fin y por derecho propio en todas las ferias de España. Si a partir de hoy no se le hace justicia a Diego Urdiales es que ya no queda ni un gramo de sensibilidad entre los que mandan en el toreo. Y a partir de ahí, todo lo malo que le pase es poco. Y no creo que esté el horno para bollos.
Ese toro de Alcurrucén que ha elevado al torero riojano a los altares, ha sido un ejemplar extraordinario en cuanto a hechuras (era más bonito que un San Luis), pero también en su bravura, casta, nobleza, acometividad y duración. Un toro de esos que salen muy de tarde en tarde y que para un torero es como hablar con Dios y que te conteste. Pero es que toda la corrida con sus más y sus menos ha mantenido el interés de la tarde porque los seis toros han tenido su punto de esa fiereza que hoy los ganaderos, que no quieren convertirse en "ganaduros" al servicio de las figuritas de pitiminí, andan buscando con el mismo ahínco que Indiana Jones buscaba su Arca Perdida.
Castella ha pisado toda la tarde la difícil línea roja que le mantiene como figura del toreo en un gran momento, y Perera no ha cedido un paso en su valor de sobras reconocido, así como en el manejo de su poderosa muleta. Pero hoy era el día de Diego Urdiales. El día del Estallido Cósmico, gracias a un toro de Alcurrucén y a un gran torero de La Rioja.
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El estallido cósmico
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