El primero de los ciento cincuenta y nueve toros que El Juli mató en plazas españolas y francesas en este curso de 2010 era del hierro de Domingo Hernández. “Guijarro”, negro zaíno, 540 kilos, número 74, la edad recién tomada. Codicioso, con chispacitos de temperamento. A los cinco muletazos estaba el toro embridado. A los diez ya parecía estar El Juli jugando con él. Una oreja. Iba a ser la primera de las casi ciento cincuenta del balance de una temporada que no puede en rigor medirse por orejas de premio sino por grados de pasión. El Juli viene insistiendo por sistema en esa idea: la de que el toreo es sentimiento. “Dejar que fluya tal y como sale del corazón, y sin atenerse a nada más”, le confesó a Íñigo Crespo en una entrevista todojamón publicada en APLAUSOS hace un par de semanas.
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