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El rey de Sevilla es alicantino

El rey de Sevilla es alicantino. Teniendo en cuenta que Sevilla es a día de hoy capital del toreo se entiende que en el toreo reina un alicantino: Manzanares...

El rey de Sevilla es alicantino. Teniendo en cuenta que Sevilla es a día de hoy capital del toreo se entiende que en el toreo reina un alicantino: Manzanares, hijo de torero, devoto de la Santa Faz, referencia de la tauromaquia de siempre y de la que viene. El hombre que ha convertido en lirismo el crudo drama de la corrida, el artista que torea con precisión de reloj, el dominador de los tiempos, la magia al servicio de la técnica. Ayer toreó dos toros diferentes en la más absoluta perfección. Con pausa, con solemnidad, inspirado, olvidado del cuerpo y los tiempos, elegante y también emotivo hasta el contagio. A los dos toros los mató en la suerte de recibir como contaban las leyendas que se mataban los toros en los tiempos pretéritos. Aunque seguramente no los matasen con la precisión y naturalidad con la que lo hizo ayer en la Maestranza un alicantino sin fin.

Cortó cuatro orejas, se lo llevaron en procesión -y ya van dos veces- por la Puerta del Príncipe, lo hizo una multitud con ritmo de costaleros y euforia de feria. Para entonces ya lo habían coronado con permiso de los Pepe Luis, Chicuelo y Curro, seguro, en nuevo rey de Sevilla. Lo cantaban en la mismísima Puerta del Príncipe, en el Arenal, en Triana y en San Bernardo, lo anunciaban las golondrinas que volaban bajo para no perderse detalle y lo rumoreaba calmoso el Guadalquivir camino de los mares del mundo. Con Manzanares había comenzado la feria. No hacía falta encendías ni guiris ni faralaes, ni coches de caballos ni gitanas echando la buenaventura, la feria de Sevilla la inauguró ayer un alicantino, hijo de torero y torero por los cuatro costados. En realidad, ya lo dije en Fallas, una barbaridad de torero.

Y no tiene techo. Cada tarde crece. Ayer dio un paso más adelante en su progresión. Lo logró con el capote que le voló con más compás, con mejor reunión con los toros, con más sabor, con la misma templaza clave en el hacer los toros que mostró en Valencia. Ahí comienzan a fraguarse sus faenas. Ese vuelo templado, la ausencia de tirones, el mimo contagioso y los tiempos justos logran que el toro se acompase y la compenetración crezca. Ayer le puso además la chispa de la creatividad, la chicuelina alada, la media enroscada, el recorte campero y un dominio del espacio que aflora la lógica de los terrenos tantas veces ignorada.

Su primera faena tuvo el mérito de aguantarle las miradas y probaturas a un toro que nunca fue claro; la segunda creció desde los tiempos justos y las esperas medidas, en el comenzar a torear cuando el toro lo pedía, en el darle aliento y moral, en la buena administración de una casta justa, ni mucho mando para no aburrirle ni una dejadez  que restase la tensión necesaria. En una y en otra todo surgía desde la facilidad, torear parecía lo lógico, lo natural. Y en ambos casos mató en la suerte de recibir, majestuoso, contundente, más ligero en su primero, con autentico dramatismo a su segundo. Citó el torero a ese quinto, en corto, probó el toro, aguantó el torero, se paró el toro, le provocó el torero, una invitación rotunda ¡je toro! y el encuentro fue un monumento a la suerte suprema. Por un lado el toro rendido, por el otro el torero triunfante, en los tendidos, un mar de pañuelos, los aficionados clamaban glosas de agradecimientos a los dioses de la tauromaquia.

Por medio hubo una actuación portentosa de la cuadrilla. De los tres de a pie, Trujillo, Curro Javier y Luis Blázquez, a la altura del maestro, precisión, lucimiento, economía de capotazos, pocos pero cumbres y la Maestranza les dedicó clamores y la banda los más sentidos compases de un pasodoble.

Los compañeros Padilla y Talavante dieron la talla. El jerezano, recibido como un héroe, toreó como los artistas, como si esas corridas de lujo hubiesen sido su espacio de siempre. Fue ovacionado en los dos. Talavante anduvo muy dispuesto, con su toreo enredado y juvenil pero acabó sintiendo el peso de la comparación. Cortó una oreja y nadie habla. Tiene disculpa, ayer en Sevilla, torear después de Manzanares era dificultad máxima.

Cerrando esta crónica todavía quedan aficionados en los aledaños del coso sevillano, tratando de explicar el milagro del toreo lírico, queriendo comprender cómo la guerra de una lidia se puede convertir en elegante danza. Otros se preguntan y ahora qué, ahora quién puede triunfar en Sevilla. Me consta que lo van a intentar, hoy torea Morante, él era el señalado como príncipe heredero pero de momento… ¡qué gusto! en Sevilla reina un alicantino. Tendrían que derrocarle.

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El rey de Sevilla es alicantino

José Luis Benlloch

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