Fundidos. Así llegaron Caín y Abel a sus semifinales de la Champions. Con la lengua fuera, reventados como uno de esos toros que quieren pero no pueden. Se reventaron ellos en lo que han dado en llamar “el clásico”. Los reventaron los gritos de ¡a muerte! de tipos como Roncero o Siro López o un tal Nolla, los vienen reventando día a día, partido a partido, en los medios, las tertulias escatológicas de lo que pretende ser fútbol. Con ese grito de guerra civil Madrid-Barcelona, se pretende agitar a las huestes, mantener siempre el pie de guerra, porque es sano para el negocio de las teles y las adidas y nikes. Y se crean varias paradojas: una, por el amor al escudo se revienta el escudo. Por alimentar al negocio de las teles y sponsors, se revienta al escudo. Y, al final, sin final, el negocio. Y lo que es peor, ningún vocero, tribu o ejército disfruta del fútbol, sino de la victoria de Caín y la muerte de Abel. Nadie, desde medio alguno, los “periodistas” adscritos a uno u otro bando, los propios clubes, pidieron aplazar el “clásico” para llegar a las semifinales frescos y fuertes, como llegaron alemanes e ingleses.
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El toro y la pelota
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