Luto. Y mucho pesar. La jornada del sábado, la semana, la temporada…, esos impactos no se olvidan, se encabritó hasta los límites que nunca desearíamos. Que le pongan crespones negros, que un toro mató a Fandiño. Así de seco, así de duro, así de cruel. La fiesta, para qué negarlo, tiene ese componente de crueldad. La vida lo tiene y la corrida es una representación de la propia vida. La muerte en la plaza es una posibilidad que acompaña a los toreros día tras día. Nadie la desea, nadie quiere pensar en ella. En ocasiones se le desafía con insistencia, Fandiño lo hizo cantidad de veces y salió victorioso; en ocasiones, desde los tendidos, se la obvia de una manera obscena y se exige como si el toreo fuese un inocuo ejercicio de tiralíneas; y en una perversión absoluta de los valores, lo vamos a comprobar estos días, los hay que hasta la reclaman desde las redes sociales y les parece justa en razón de sus mentes estúpidas… Seguramente sea necesaria, la muerte, para que el toreo siga siendo el espectáculo más auténtico de cuantos se producen hoy día, para que la retórica del aquí se muere de verdad sea verdad, pero cuando llega sorprende, duele en lo más profundo e incrementa la admiración hacia el torero, el último héroe de esta sociedad en el concepto más clásico de la palabra. Y desde luego nunca es justa, ni hace distingos, afecta al grande y al chico, al triunfador y al que pelea por serlo, en este caso le tocó a un valiente al que el éxito siempre le costó caro, parece que ese era su sino.
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En homenaje a un héroe
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