Este de 2011, Ernest Hemingway lo hubiera podido calificar como “verano peligroso” con más justificación que aquel en el que se enfrentaron en los ruedos sus dos grandes amigos, Ordóñez y Dominguín. Pero desgraciadamente, ni el gran periodista y galardonado escritor vive para contarlo, ni disfrutamos hoy de plumas anglosajonas tan ricas como la suya para enaltecer la fiesta de los toros. Una canícula ésta, en la que los toreros de postín y los que luchan por serlo se están dejando la piel a tiras en el empeño de demostrar que la sangre derramada en la arena es abono para el toreo, y confirmación palpable del pundonor de nuestros hombres de bronce. Que lo siguen siendo aunque ya poca literatura popular se derrame sobre ellos.
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Figuras y toreritos de domingo
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