Catorce. Y de catorce casi nada. La de rejones. Algún torillo suelto y la única vuelta al espectáculo real con la de Alcurrucén. Y ahí, en el ganado de los Lozano el mejor toro, con diferencia, hasta ese instante de la paupérrima feria ganadera. Me refiero a “Fiscal”. Casi el toro perfecto. Casi lo que se sueña; y casi lo que parece que no queda. Con dos docenas de toros como ese “Fiscal” esta feria sería gloria en lugar de llanto. Pero ¿qué queda de bravo en el campo? Digo bravo y no sólo toreable. Maldita palabreja esa de la toreabilidad. Qué cojones de vocablos que a la postre todo son veredas para evitar el camino recto. Un toro encastado y bueno para el espectáculo, para la gente, para la Fiesta y para el torero que sea capaz: es ese “Fiscal”. Lo demás son monsergas, cuentos de Calleja, pérdidas de tiempo; y ciénaga en la que se hunde más y más este espectáculo.
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“Fiscal”: Gloria en lugar de llanto
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