Me desperté y arrastraban al último ¿toro bravo? de la tarde. ¡¡Uff qué sopor!! Gracias Victoriano del Río por haberme ayudado a disfrutar de una siesta tan rica. ¡Tú sí que sabes!
A Victoriano del Río le debo una de las mejores siestas de mi vida. A la media hora de corrida yo ya soñaba con angelitos vestidos de toreros, que deambulaban por un ruedo celestial en el que los toros bravos se habían convertido en unos extraños y bondadosos animalitos que se decían unos a otros: “Hagamos el amor y no la guerra”. Curiosamente, los seres celestiales que revoloteaban en mi sueño se parecían a Urdiales, El Fandi y Fandiño, y de tanto empeñarse en darles jarilla con unos trapajos colorados a aquellos deliciosamente atontolinados bichos con aspecto de toros (cuernos tenían), acabaron convirtiendo mi sueño en pesadilla.
Me desperté y arrastraban al último ¿toro bravo? de la tarde. ¡¡Uff qué sopor!! Gracias Victoriano del Río por haberme ayudado a disfrutar de una siesta tan rica. ¡Tú sí que sabes!
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Gracias Victoriano
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