Yo no soy enemigo de la Mesa del Toro. Y voy a tratar de escribirlo para los que mandan en ella, aunque creo que no leen. El As sí, por eso voy a escribir como se escribe en As. En realidad mis enemigos no existen hasta que no se declaran. Y me dan pereza. En esta profesión los supuestos amigos y enemigos te salen dependiendo de un golpe de brisa. De fortuna, que no de aire. Desde hace muchos años, cuando uno supuestamente alcanza el uso de razón, me planteé el origen de nuestros problemas. No el problema de la humanidad, que me lleva hasta Dios Padre, con el que me llevo educadamente regular y hasta el Espíritu Santo, con el que no trago. Me lo enseñan y veo el dibujito de una paloma. Y me caen malamente las palomas, sin posibilidad de rectificación. Hablo de los problemas del toreo, de la Fiesta. Y me di cuenta que el toreo, tal y como está diseñado, es una variante del modelo medieval. Hablo de la Edad Media, que es una época algo más lejana que la de Belmonte y Gallito, para que me entiendan.
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