Las cornadas de Julio Aparicio, Juan José Padilla y Ángel Teruel han sido especialmente crueles y demuestran que el toreo sigue siendo una profesión de alto riesgo. Quizás la más peligrosa del mundo. Sólo comparable a la de echarles de comer a cuerpo limpio a media docena de hambrientos tigres de Bengala enjaulados. Si es que existiera tal cometido. Con independencia de la casta, bravura, fuerza, edad, tamaño y envergadura de cuerna todos los toros llevan la muerte en los pitones. Eso no tiene discusión posible, aunque haya toristas irreductibles que se empeñen en quitarle importancia a todo lo que no se haga con el buey Apis. A los del burro grande ande o no ande, les asiste todo el derecho a opinar así pero no tienen razón. La suerte juega un papel decisivo en que la tragedia no haga acto de presencia cada tarde en el ruedo.
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La tragedia siempre acecha
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