Cada vez que va al médico Padilla está mejor. Pero lo de Padilla es un mundo aparte porque Padilla sólo ve la parte positiva y archiva, y hasta borra, lo que queda pendiente. Padilla es un extraterrestre, o un humano superior, en estas batallas de la salud. Luego, debajo de esa dureza, aparece su parte sensible hacia el prójimo. Y sufre más por el prójimo que por él mismo. Ahora Ángel Teruel está pasando por un calvario similar aunque afortunadamente con muchas menos secuelas graves. Ángel es un chaval que vale la pena conocer y que intenta reverdecer los laureles familiares. Con lo difícil que es eso: ser figura siendo hijo de una figura. Aquí lo están intentando muchos. Últimamente los hijos de Dámaso González, de Palomo Linares, de Luis Francisco Esplá, de Manuel Benítez “El Cordobés”, etc. y de José María Manzanares. Sólo este último ha logrado tocar el techo del padre; y apuntar el milagro de que el hijo se eleve sobre el pedestal paterno. Lo de José Mari es la gran excepción que confirma toda regla. Y el joven Teruel, que es chaval serio, educado y con una afición callada pero profunda, anda intentando ese milagro de pisar las huellas del padre.
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Las huellas del padre
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