Se tiene por caprichosa la tablilla de pesos de Pamplona. No es poca la gente pendiente del peso de un toro bravo. Cuando se anuncia la salida de uno de más de 600 kilos, se siente un runrún expectante como de circo. Incluso en Pamplona donde nadie se asusta de nada. Cuando no se llega a los 500, el murmullo tiene acento displicente. “¡Un becerro…!”. No tanto. Los toros no se miden por lo que pesan sino por las testas y sus defensas, que lo perfilan. Y por lo que llevan dentro, que tarda en saberse diez minutos más o menos.
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Los toros torísimos
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