BENLLOCH EN LAS PROVINCIAS

Madrid: viernes de dolor y gloria, de rabia y venganza

José Luis Benlloch
domingo 09 de junio de 2024
Se fue Morante, triunfó Borja Jiménez y un presidente se ciscó en la justicia

Incendio en Las Ventas. Languidecían los mundiales del toreo. Que es como se conoce a la feria de San Isidro. La última semana estaba siendo regulera, así lo definían los jóvenes que cada día son más en las plazas de toros. No sé si es expresión correcta, pero lo explica bien. Hasta que llegó el viernes, lo último había sido tres días seguidos de grises, como ahora les dicen a los toros de encaste Albaserrada. Anunciados para crear emociones fuertes como fin de feria, se convirtieron en todo un fiasco. No hubo lucimiento ni bravura ni clase, hasta hubo momentos en los que hubo que correr detrás de ellos, que en cuestión de grises es lo más antinatural antes y ahora, tanto en las plazas como en la calle. No era, no es cuestión baladí, tanto tiempo centinelas de las esencias de la bravura más decantada, en este San isidro dejaron muchas rendijas para la preocupación.

Nada definitivo se espera, ya se sabe que los caminos de la bravura son inescrutables y que un mal día, en este caso tres, se juntan los demonios y te mandan a casa más que mosqueado. Mira que si… pero no, mejor pensar que será cosa pasajera. Con las expectativas que despiertan, con la necesidad de triunfos que había en el tramo final de San Isidro, con lo que esta plaza anhela la dureza y los tragos fuertes, la decepción dolía especialmente. Ni los de Escolar, otras veces, diría que siempre, tan duros, esta vez aparecieron descafeinados; tampoco la marca original Victorino, que llegaba con el precedente de una gran corrida en la misma plaza el pasado otoño, correspondió a la expectación que siempre levantan; ni mucho menos los adolfos, tantas veces al quite de la categoría del encaste, estuvieron a la altura a la que obliga su leyenda, así que entenderán que la parroquia se fuese a sus casas con el mosqueo puesto y la fidelidad a los grises en entredicho.

El sevillano abre por vez primera la puerta grande este San Isidro

Pero llegó el viernes y todo cambió. Un incendio. Viernes de pena mañanera, de indignación y gloria vespertina, de rabia y venganza, de impotencia ante los designios caprichosos y personalistas de un presidente que se pasó la voluntad popular y la democracia, pongan también la justicia, por el arco nada triunfal de su… voluntad. Todo tuvo su secuencia. Llegado el mediodía, hora de sorteo, cuando la gente del toro cruza los dedos y se acoge a la buena suerte, un comunicado anunciaba que Morante cortaba la temporada. Los empresarios se pusieron a sudar, la feligresía morantista quedó en estado catatónico: y ahora qué, se preguntaban. Su parte de razón tienen unos y otros, Morante no tiene fácil sustitución en los despachos y menos en los sentimientos. No corta de forma definitiva, pero sí de manera indefinida, lo que equivale a decir poco, que ya veremos, que a ver cómo evoluciona.

No extrañó mucho, el ánimo del genial torero ya hacía tiempo que afloraba en su gestualidad triste y preocupante, los antecedentes tampoco eran los mejores y entre bastidores hasta se esperaba algo así. El roto en las programaciones es importante, empezando por Madrid, donde estaba anunciado hoy mismo, hasta solo Dios sabe cuándo y en el horizonte aparece en lo que nos toca por esta tierra, Alicante e incluso Valencia. Lo que no es fácil de entender es cómo en ese estado de salud, tristón, sin fuerza en las piernas como dice el parte, viendo cómo los tratamientos no le surgían efecto, ha toreado toros de manera excelente en los últimos meses. A recuperarse, maestro.

Borja otra vez

Por la tarde todo se encabritó. Plaza llena, decimosegundo cartel de “No hay billetes” de la feria, -¿quién dijo crisis?…- Las Ventas convertida en El Dorado, y entre tanta gente, siempre cabe un desnortado ansioso de no se sabe bien qué gloria. En este caso un menda neroniano en funciones de presidente -¡que dimita!- se pasó la voluntad popular por donde le petó para media hora después desdecirse para mayor escarnio propio. Si pedíamos tensión ahí estaba. Bastó un toro bravo en la mejor de las versiones, noble y creciente, y un torero bravo, en versión ad hoc con el toro. La combinación fue de efectos deslumbrantes.

Dulce se llamaba el toro de Victoriano del Río, Borja se llama este sevillano de maduración tardía pero sólida, que vive los momentos claves de su resurrección en los que los agoreros dicen que no y una voluntad de hierro forjada en la desesperación le dice adelante y bracea hacía la orilla. Y braceó sosegado, firme, incasable camino de la puerta de chiqueros, una vez y otra y otra, y se paró con los toros, con uno, con dos, con tres. Ambición. De aquí no me apeo. Al toro Dulce lo toreó desde que apareció con serenidad y torería, ligado, derecho, con la pausa que se demanda a los grandes, corazón y cabeza, ni le faltó ni le sobró nada. La estocada estuvo a nivel, la muerte del toro fue solemne como contaba Juncal. La negativa presidencial a concederle la segunda oreja que le franqueaba la Puerta Grande fue un escarnio, un robo, en realidad nada que menguase el mérito de Borja Jiménez, que volvió a dar la talla con el sobrero para que el usía esta vez quisiese compensar. Nada, que este Borja no se rinde.

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