Manzanares y Robles, dos hermanos del alma

Paco Cañamero
miércoles 05 de noviembre de 2014

Manzanares tuvo muchos compañeros de travesía, pero por encima de todos un querido torero al que se unió desde sus principios y del que ya nunca se separaría: Julio Robles El toreo llora a Manzanares mientras afloran infinidad de vivencias en el escenario de una Fiesta a la que dio tanto brillo. Líder de una generación, espejo del empaque, elegancia sobre las arenas o figura de figuras, como bien le definió el gran peón Martín Recio. Todo ello en las sendas de una carrera en la que tuvo muchos compañeros de travesía, pero por encima de todos un querido torero al que se unió desde sus principios y del que ya nunca se separaría. Fue el también llorado Julio Robles.

Cierto es que ahí quedaron para la historia los tiempos de novillero y primeros años de matador cuando formó la interesante pareja con José Luis Galloso; o con El Niño de la Capea, con el que compartió un total de 287 corridas de toros, cifra nunca superada por dos compañeros en el mismo cartel. Sin olvidar a Dámaso y por medio Curro Vázquez, Roberto Domínguez, Ortega Cano… También con los toreros de generaciones anteriores, como fueron como Palomo, Paquirri o Teruel sobre el resto, pero también El Viti o Camino, con quienes sumó muchos paseíllos dentro de una carrera de fondo y aupada bajo la admiración que despertaron sus triunfos.

Entre todos ellos cobra especial protagonismo el nombre de Julio Robles, quien conoce a Manzanares en tiempos de novillero, cuando el alicantino acude al Campo Charro y se instala en Ciudad Rodrigo. Allí nace una estrecha vinculación, íntima ya para siempre, que se acentúa en las muchas tardes que comparten cartel y dejan la estela de su arte. De entonces quedan triunfos compartidos en numerosas plazas –Valencia, Salamanca, Zaragoza, Bilbao, Santander, Ciudad Real…– fruto del brillante toreo de capa de Julio y las chicuelinas de mano baja de Manzanares. Del empaque de Robles con sus naturales ligados en redondo o la exquisitez de los derechazos de José María con el perfecto pase de pecho que los abrochaba.

Eran íntimos, inseparables, siempre juntos y tan unidos en la vida personal que los hijos del maestro alicantino se dirigían al charro con el trato de “tío Julio”. A ese Julio que siempre tenía tan cerca a su querido Josemari y con el que disfrutaba de unos días en su casa de Alicante, o en el invierno taurino del campo de Salamanca. Junto a vivencias en América o cualquier punto de España o Francia. Inicialmente era Ciudad Rodrigo, lugar en el que se forjó la amistad, donde más frecuentaban, tanto que un grupo de amigos crea la peña "Manzanares" para seguir al torero y juntarse a merendar casi todas las tardes para hablar de su figura, lo que dio lugar a que ante las frecuentes ausencias taurino/jaraneras las mujeres se reivindicaran para fundar la peña femenina "Julio Robles". Siempre los dos, muy cerca, todo en una vida donde nunca hubo una fisura y como ejemplo de ello es que en la casa que tenía Julio en la finca "La Glorieta", presidida en el horizonte por la inconfundible silueta de La Peña de Francia, en lugar destacado había colgadas varias fotos que inmortalizaban momentos de ambos. Como una salida en hombros en la Feria de Julio de Valencia. O tardes de San Isidro.

Pasa el tiempo y ambos disfrutando de las mieles de ser figuras, un día de agosto de 1990 llegó la tragedia de Béziers y Josemari llora de rabia ante el amigo roto cuando le comunican la noticia. Desde ese momento pone todo lo que tiene a disposición para tratar de salvarlo y desde entonces siente la amargura de no poder volver a torear más con él, pero cuando puede se convierte en sus piernas y en cuanto llega una ocasión le anima con sus palabras de hermano del alma. Como en la Feria de Hogueras de 1996, cuando cumple las bodas de plata como torero y en la corrida de la celebración brinda a su querido Julio en emocionantes palabras que escucha toda la afición porque la corrida fue retransmitida por RTVE.

Siempre al lado e inseparable hasta que una fría tarde de enero de 2001 Julio emprende el camino de la eternidad y para Manzanares no había consuelo en un llanto íntimo y sincero. Como a la tarde siguiente, cuando en el cementerio del pequeño pueblo de Ahigal de los Aceiteros, Robles recibió tierra y en esos momentos sobre las mejillas de Manzanares corren lágrimas de desolación ante el amigo que se fue. Ya no había consuelo para él y junto a la tapia del camposanto con la cabeza apoyada en el brazo todo era amargura, hasta que Raúl Aranda llega a su lado para abrazarle y sentir cómo parte de su vida ya era historia y quedaba enterrada en ese rincón del oeste salmantino. De ese Julio Robles que fue su compañero de travesía durante treinta años.