Ramiro Alejandro Celis, un muchacho de 25 años, herido por las astas de un toro en la plaza de Dzibikak (Yucatán), ha vuelto a teñir de luto el toreo. Es la primera vez que he escrito su nombre, porque aquí, como en la copla de la ganadera salmantina; “no había plaza de nombre ni traje tabaco y oro”
Otro torero, esta vez mexicano, ha muerto a causa de una cornada que le destrozó el corazón. Ramiro Alejandro Celis, un muchacho de 25 años, herido por las astas de un toro en la plaza de Dzibikak (Yucatán), ha vuelto a teñir de luto el toreo. Es la primera vez que he escrito su nombre, porque aquí, como en la copla de la ganadera salmantina; “no había plaza de nombre ni traje tabaco y oro”, pero si un hombre muy hombre que estaba delante de un toro. Es una muestra palpable más del peligro cierto de una profesión que “los enanos del rencor” vituperan tanto y tan a menudo.
Los aficionados, y los seres humanos con entrañas, sentimos en lo más hondo la muerte de un joven lleno de ilusiones, vestido de seda y oro, y nos duele que otra familia haya quedado rota por la tragedia. Como torero, su nombre no había traspasado la frontera que separa el anonimato de la fama, y seguramente sus ganancias eran todavía las del “salario del miedo”. Pero no por ello, su muerte debe ser menos sentida. Esa sangre joven también abona la grandeza de la Fiesta, y merece no quedar en el olvido. Ramiro Alejandro Celis, Dios te acoja en su seno. Tu nombre quedará escrito como uno más entre los héroes del toreo.
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