Desde muy niño he sentido una especial atracción por todo lo mexicano. Los hombres que cruzaban el Atlántico para enfundarse en el vestido de luces -¡cómo recuerdo aquellos bordados de cruceta!- me parecían auténticos semidioses. Veía con avaricia todas las películas de Jorge Negrete, Pedro Infante y Tito Guizar y me pirraba por las canciones de Irma Vila, y sobre todo por los huapangos toreros, que me trasladaban a un mundo que tuve metido toda mi vida en un rincón del alma.
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México en el corazón
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