En marzo se supo en firme que el abono de Salamanca iba a perder este año un festejo. El modelo político: los recortes como paliativo de la crisis. Pero los precios de 2012. Sin cifras oficiales ni oficiosas, se dejó ver una sensible caída de espectadores. Entraba en cálculos. Una caída, además, del número de abonados, que ha sido, salvo excepciones de mayor o menor cuantía, el signo del año. En ese punto, está por verse cómo se resuelven las tres ferias mayores pendientes: San Miguel en Sevilla, la de Otoño en Madrid y Zaragoza.
Se tenía la impresión segura de que la crisis iba a pasar por Logroño de puntillas: dos televisadas, carteles bien pensados, la intuición de Pablo y Óscar Chopera y la garantía del toro íntegro, que ha sido de siempre, digamos, la marca Logroño. Cuando todavía saboreaban el éxito, las calidades y la seriedad de la corrida de Alcurrucén que lidiaron en Bilbao el pasado agosto, José Luis y Eduardo Lozano avisaron en una tertulia informal del Ercilla: “Ya veréis la de Logroño…”.
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