La revolera

Por naturales

Paco Mora
martes 30 de junio de 2020
Con una serie de naturales perfectos y enrazados y una estocada en las péndolas he visto cortar muchas orejas. Y es que manejar la mano izquierda con buena colocación, naturalidad, soltura, temple y expresión artística enardece, no solo a los aficionados que saben de la importancia del natural como suerte básica del toreo de calidad, […]

Con una serie de naturales perfectos y enrazados y una estocada en las péndolas he visto cortar muchas orejas. Y es que manejar la mano izquierda con buena colocación, naturalidad, soltura, temple y expresión artística enardece, no solo a los aficionados que saben de la importancia del natural como suerte básica del toreo de calidad, sino incluso a los espectadores profanos en el arte del toreo, que sienten igualmente el latigazo de la emoción estética, posiblemente sin saber explicar los “porqués” de que ese pase de muleta, encadenado y abrochado con un pase de pecho de pitón a rabo, los levante de sus asientos como impulsados por un resorte.

El pase con la izquierda sin que la muleta vaya armada con la espada obliga a una naturalidad en su ejecución repleta de temple y armonía. Y cuando ese muletazo se repite ocho o diez veces sin solución de continuidad, y terminada la serie el matador lía la muleta enfrontilado con la testuz del bovino, se echa la espada a la cara y la hunde en el morrillo, dándole a la vez salida al morlaco por debajo de la axila derecha, se ha consumado a la perfección la base fundamental del toreo de muleta. Y todo lo demás, después de ese corto e intenso recital de buen toreo, son simples adornos que completan la faena.

Ha habido en el toreo de todos los tiempos auténticos virtuosos del pase natural. Quizás el primero de ellos fuera Chicuelo, el de Sevilla, pasada ya la época heroica en la que el toreo era una lucha a brazo partido entre el hombre y la fiera y la pañosa el instrumento para domeñarla. Pepe Luis Vázquez también fue un genuino artífice del natural y no digamos de su paisano Pepín Martín Vázquez Bazán -el famoso Currito de la Cruz de Lucía- a quien le debo seguramente la serie de naturales -y valga la redundancia- con mayor naturalidad que he visto en mi vida. En la muleta de Manolete, dentro de su estilo seco y hierático, habitó la monumentalidad del pase natural. Años después Antonio Ordóñez, hijo de aquel que era de Ronda y se llamaba Cayetano, les insufló del mayor grado de monumentalidad conocido hasta entonces.

Hoy por hoy también tenemos auténticos virtuosos del natural. Morante de la Puebla los engarza como piedras preciosas bordadas en armiño sobre suave terciopelo. El joven Aguado los templa con hilo de oro en sus momentos de mayor enjundia torera, y el Fino de Córdoba es de los pocos que quedan con capacidad para sacar a los tendidos de su estolidez en sus tardes más aciagas, dejando deslizarse la muleta a cuatro centímetros del hocico del toro, moviendo los brazos como si no tuvieran cuerpo. Ferrera torea al natural con ambas manos, tirando la espada lejos de sí en un alarde de desmadejada torería que electriza los tendidos. Volviendo un poco atrás, José Tomás diseñaba el natural con la algodonosa verticalidad con que ejecutaba todas las suertes del toreo. Y no digamos los Manzanares, padre e hijo, distintos pero no distantes en su concepción del toreo como ejercicio de sinceridad torera.

No lo sé a ciencia cierta, pero creo entender que al ejercicio del toreo de muleta con la izquierda, se le llama torear por naturales porque es el momento de mayor abandono del torero de su propio cuerpo, poniéndolo al servicio del sentimiento más profundo. En cualquier caso, como la verónica es la reina del capote, el natural es el rey de la muleta. Y quienes son capaces de sentir la profundidad del toreo con la una y con el otro, están tocados por la varita mágica del arte de la tauromaquia.

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