Había poca gente. El histórico coso de El Bibio acogía una tarde para buenos aficionados. No había lo que llaman figuras. Sí estaba el toro. Y dos toreros hechos a sangre, fuego, talento y cojones. Era un cartel netamente francés. Primero el toro más dos matadores avezados y competentes en todos los tercios y con cuadrillas (como la de Javier Castaño) tan bueno como libre para ejercer su magisterio, su espectáculo, su dignidad y su verdad. Era además martes y trece. Por si faltaba algo…
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