Era tan grande como bueno. Era un aficionado cabal, auténtico, de los que tenían muy claro los conceptos y los basamentos fundamentales del toreo y de la Fiesta. Amaba los toros tanto como amó a la persona que siempre fue su alegría y su apoyo. Porque Nieves, su mujer, fue siempre lo primero. Luego, eso sí, los toros. Y Nieves se le fue hace un par de años y el tiempo se le hizo muy largo y muy frío. Era, además, un gran comunicador, parecía cáustico, ácido, pero eso sólo era una pantalla que le protegía de su pasión de aficionado y amante de los toreros artistas. Curro y Paula eran su debilidad. Y Chenel. Y Morante. Pero tenía algo que le caracterizaba: le cabían muchos otros toreros en su enorme corazón de aficionado. Morante, por supuesto, un respeto imponente a Ponce, pasión por José Tomás y luego se fijaba mucho en los novilleros y los recordaba con una memoria privilegiada.
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