José Tomás estalló en Barcelona. Donde debía. Era justo y necesario. Lo merecía el torero, que regresó de la muerte aquella tarde legendaria de Aguascalientes, y lo merecía la ocasión...
José Tomás estalló en Barcelona. Donde debía. Era justo y necesario. Lo merecía el torero, que regresó de la muerte aquella tarde legendaria de Aguascalientes, y lo merecía la ocasión. Cerraba la Monumental, ya les dije en páginas anteriores, la penúltima cagada de una política cortoplacista y contradictoria. El suceso se produjo en una doble sesión emotiva, descarnada, grandiosa, torera, histórica en el más amplio sentido del término, se cargan el toreo en Cataluña -hay que frenarlo ahí- y con él los sentimientos de mucha gente, la libertad, una de las expresiones del arte más grandiosas y sinceras, más auténtica de cuantas se celebran en el mundo entero. El dios del adiós no fue sólo José Tomás, también lo fueron, viva el politeísmo, Morante, Juli, Manzanares, Mora, Marín, el público, la educación y el civismo. Mientras, afuera aullaban improperios, sonrisa de hienas, un grupúsculo de equivocados fanatizados que blandían pancartas como horcas inquisitoriales olvidando que el toreo es del pueblo, expresión de sentimientos y bandera de los más nobles valores de la humanidad, los que seguramente no conocen ellos... Lea la crónica completa en su revista APLAUSOS
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