El Dos de Mayo, de una feria de la Comunidad que languidece y se estrecha, fue algo así como la tormenta perfecta. Se juntaron en el estruendo torero de la tarde todos los elementos necesarios para no olvidar: el toro cuajado y encastado, los toreros dispuestos y con sentido del toreo eterno, la emoción unida a la torería, y a la entrega, y a la sangre, y a gloria, al olor de multitudes y al olor al cloroformo de las enfermerías. Uno cayó antes de hora y con la carne abierta, torero de dinastía, con sabores del Madrid castizo y torero, hijo de figura: Ángel Teruel y Dominguín por la madre. Lleva tres años dando la cara y poniendo en sus mínimas oportunidades ese pellizco del toreo eterno y la personalidad de quienes nacen para vestir de luces. Ahora le toca, otra vez, borrar las heridas y esperar que llegue el momento de que los empresarios le hagan justicia. Otro es Morenito de Aranda. Lleva años apuntando y ahora reventó la puerta grande pidiendo paso y ferias. Y el tercero tuvo un poco de todo lo de sus compañeros. El cuerpo herido, el alma entera y ese López Simón ha sacado su verdadera personalidad. Oreja y cornada. Y herido: pidió el otro de su lote, y otra oreja, y una puerta grande que es suya aunque no la traspasara porque a esa hora ya era carne de bisturí.
Lea AQUÍ el artículo completo en su Revista APLAUSOS Nº 1963
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