Mi madre me lo decía siempre. Hijo, tienes que ser más amable. Me reprochaba eso y el tabaco. En realidad me reprochaba lo que yo le dejaba, porque fue una madre cumbre y una mujer de las que ya no se paren. He ganado en amabilidad para con algunos y para con las plantas. Los digo cosas cuando las riego en exceso y palman. Del tabaco espero a que Rajoy lo suba a cien euros. El cigarrillo. Mi madre se murió sabiendo que ya era más amable y eso la hizo feliz, supongo. Porque un día me puse a pensar en qué tiene de malo ser amable. Lo digo al relance de esa frase ninguneante de públicos de toros cuando se dice que es “amable”. Lo escuchaba tanto a tantos profesionales y periodistas tan serios que yo creía que ser amable era ser imbécil.
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