La temporada se apretó en una semana. Ensangrentada primero. Fue dura, durísima. La mala racha cogió la senda del infortunio y cuando parecía que se había acabado la senda los toros seguían cogiendo sin hacer distingos. A lo de Morante hubo que añadir lo de Ferrera, lo de Castaño, lo de Boni, lo de Fortes, lo de Lamelas, lo de Fausto, lo de David Mora, lo del chaval Cabrera… y alguno más que se escapó porque como se suele decir ¡hay Dios! David Esteve sin ir más lejos. Le salió de rodillas a un torazo de Fuente Ymbro en Xàtiva y le atrapó cuando apenas había podido disfrutar del primer olé. Le estuvo dando bajo del estribo, de aquí para allá de allá para acá, hasta que se jartó con el saldo de un corte detrás de la oreja, total ná. Así que tuvimos que entonar repetidamente lo de que ¡hay Dios! y demás jaculatorias de acción de gracias reservadas para cuando uno sale en bien de los momentos más dramáticos de la vida. Yo creo que Esteve debería bautizarse de nuevo, al fin y a la postre volvió a nacer tras echar la moneda de su futuro al aire un día de Fira en Xàtiva. Otro tanto o más cabría decir de Luis Bolívar al que un santacoloma le cogió para matarlo en Bilbao y le permitió recordar al mundo que sigue en la brecha opositando a cuestiones de alto rango. O de Padilla, que aún teniendo rango, necesitó contar con su San Martín de Porres para escapar en Gijón y Beziers.
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