Lo dijo el poeta: “Tardará en nacer, si es que nace…”. Y no escribía para un niño enjuto y vivo que a los ocho años ya viajaba a lomos de un Dian 6, el Renault del abuelo Leandro, de plaza en plaza mayor de los pequeños pueblos valencianos. Tan delgado que todas las taleguillas y los pantalones le venían grandes; tan listo que por donde pasaba dejaba huella. Un día apareció en Monte Picayo, ahora lugar de juego y casino y que en años pretéritos fue viñedo abrupto de mi abuelo Manuel Usó el “Basero”, el mayor exportador de naranjas de aquellos tiempos. Benlloch era el alma de aquel concurso casi infantil, y el nieto del abuelo Leandro ya dejó sus credenciales.
Luego, a tierras de Jaén para que Ruiz Palomares, buen tío, tratante de los que nunca pierden, fiel como un mastín a Ponce, talento especial para tratar con los grandes empresarios como si les vendiera el aceite de los olivos que ya tenía y los otros muchos que le compró a Enrique a precio de tratante bueno, le hiciera torear de todo y con todos. Más ganaderías que nadie, menos vetos que nadie, más abierto que nadie, bueno para los empresarios de primera, de segunda y hasta para los caninos de tercera. A todas iba porque el toreo cuando era así, expansión y respeto a los pueblos, funcionaba mejor. También es verdad que Ponce y toda su camada anterior, cuando él llegó con quien había que morder era con Espartaco, iban a todas las plazas y, amigo mío, ese era el secreto, llenaban. Una figura, otro por delante buen torero y el del pueblo o alrededores. Y lleno. Ponce fue y sigue siendo así. Incluso este año ha vuelto a la decencia de las plazas de tercera, y dignas, y ha dado vida a cosos que tenían ya una estocada de olvido en las yemas.
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“Tardará en nacer, si es que nace…”
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