La Revolera

Te espero en el rabo

Paco Mora
viernes 03 de julio de 2020

La suerte de matar para mí, en mi corta y poco exitosa experiencia personal vestido de luces, era un auténtico calvario. Mataba menos que Alcobita, que dicen que fue un novillerete que abandonó la profesión sin matar un solo becerro porque en todos los que intentó lidiar le tocaron los tres avisos. Por ahí andaba el que suscribe y si no llega a ser por Valeriano de la Viña, el abuelo de Mariano, el todavía peón de confianza de Enrique Ponce, hoy se diría “matas menos que Paquito Lorca”, que es como yo me anunciaba en los carteles. Pero el abuelo Valeriano sabía las de Cuaco y las otras, y le puso un parco remedio a mi inutilidad con el acero, porque estaba visto que yo había nacido para juntar letras y no para matar animales bicornes.

Un día me cogió Valeriano aparte en la plaza de toros de Albacete, a la hora del entrenamiento, y me dijo: “Mira chiquillo, cuarteando y saliendo de naja tú no vas a matar un novillo ni aunque le pongas veneno a la punta del estoque”. “¿Y qué hago, si no acierto ni una por mucho que me empeñe?”, le respondí contrito. El hombre me puso la mano en el hombro y me dijo: “Si tienes valor para tirarte en corto y por derecho sobre el morrillo, entre los dos pitones, apuntando con la espada al hoyo de las agujas, verás como los matas”. Le contesté rápido: "Puede que sí pero es que así me cogerán siempre...". El hombre me miró fijamente y me espetó: “Cualquier cosa menos seguir haciendo el ridículo. Tú haz lo que te digo y si te cogen, ya te soltarán, además yo te estaré esperando en el rabo y mientras le tapo la cara al toro tu emigras, ¿vale? Vamos a probarlo”.

A la siguiente becerrada hicimos el intento y el volteretón fue de órdago a lo grande, pero yo salí por el rabo, donde me esperaba Valeriano con su capote, y el animal cayó a la arena como si le hubieran pegado un bombazo. Así lo hicimos varias veces más en las ocasiones en que me vestí de luces. Pero claro, tampoco aquello era muy de mi gusto, porque me pasaba cuatro o cinco días molido con dolores de espalda, de riñones y de cervicales. Hasta el punto de que le dije a mi “ángel guardián”: “Esto no es plan, porque cualquier día me va a meter un novillo el pitón hasta la oreja y adiós Paquito Lorca”. El hombre se quedó pensativo y me dijo: “Pero hombre, yo creía que tú te habías percatado de que eso es solo un recurso mientras se aprende a meterles la espada y salir limpiamente por el costillar. ¡Claro que no es plan salir a voltereta por estocada!”.

Mi aventura torera quedó en suspenso y le hice caso a aquel tío pesado que cada vez que me vestía de luces se pasaba la tarde gritándome: “¡Paquito, a los libros!”. Estaba visto que los toros y el que esto firma podíamos transitar perfectamente por caminos paralelos. Así lo entendí y hasta aquí, cada uno en su sitio. El toro en el ruedo y yo en el tendido o como máximo, en cuanto a cercanía, en un burladero de callejón. Alguna vez he pegado cuatro trapazos en un tentadero, incluso pasados los setenta años, y curiosamente ni me han cogido nunca ni he pasado ningun apuro. Pero es que una cosa es pegar unos pases en una placita de tienta, y otra llevar encima la responsabilidad de lidiar y matar dos bichos encornados en una plaza de toros, donde el público ha pasado por taquilla. Eso es muy difícil y queda solo para los elegidos. Entre los que yo brillaba por mi ausencia.

Lo que sí me ha quedado de aquella juvenil experiencia es la convicción de que la llamada suerte suprema es la más difícil del arte de lidiar toros bravos. Y les reconozco un mérito enorme a los toreros que salen a estocada por toro, y además ejecutan la suerte con limpieza y seguridad.