El ruedo de Madrid, con sus cuestas arriba y sus cuestas abajo, resultaba ya demasiado grande cuando se inauguró definitivamente la plaza en 1934. Los estragos del viento, vicio natural de ubicación, han seguido siendo los mismos.
Ha habido cornadas fatales. La plaza tiene una veleta y en la veleta no hay un gallo como se quiere de siempre, sino un toro, que no embiste. No funciona el aparato.
El ruedo, inmenso. Los asientos, no. La incomodidad de la plaza ha empezado a resultar obscena. Se mantienen las dimensiones de asiento y pasillo del año mismo del estreno, las cuales fueron, por cierto, casi idénticas a las de la plaza de la Carretera de Aragón inaugurada en 1876 y alabada entonces por su comodidad. A lo largo de las dos últimas décadas se han ido reformando sucesivamente los graderíos de Barcelona, Bayona, Bilbao, Valencia, Nimes, Sevilla, Arles, Pamplona o Zaragoza. Las reformas, salvo en el caso de Bilbao -la primera gran plaza erigida con criterio moderno- o el parcial de Pamplona -donde se redujo la dimensión del ruedo mediante un socavado-, supusieron una reducción inevitable de aforo. No de recaudación necesariamente.
En Madrid se gastaron millones en obras de reforma del entorno -algún día saldrán las cuentas de la operación Puente de Ventas, o no saldrán- y también en nuevas cimentaciones y, por supuesto, en acondicionamiento de los corrales, que son, digamos, la madre del cordero. Pero la piedra del asiento, amortiguada por las mejores almohadillas del mundo taurino, es dura, hostil y estrecha. El orden concéntrico no respeta la inteligencia ni la comodidad: no todos los asientos tienen la misma anchura o el mismo largo. La plaza se ha quedado pequeña hace bastante tiempo. Parte de su agresividad casi consustancial procede de su incorregible incomodidad. ¿Incorregible?
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