Para mi generación era Juanito Silveti, y así como su padre “El Tigre de Guanajuato” fue para nosotros sólo una leyenda, el que ahora ha hecho el último viaje, para instalarse definitivamente en el Olimpo de los Dioses, sentado a la diestra del fundador de la dinastía, fue, después del “ciclón” Arruza, uno de los primeros toreros mexicanos del siglo XX que brillaron con luz propia en los ruedos españoles. Juanito, al contrario que su progenitor, fue un clásico que se comportaba vestido de luces como intérprete de las más estrictas reglas de la Tauromaquia. Compitió de tú a tú con los toreros más importantes del posmanoletismo, y consiguió triunfos arrolladores en Las Ventas, que le colocaron entre los “primus inter pares” de la época.
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