Tarde de domingo. Treinta grados a la sombra. Finca donde pastan los toros de Fuente Ymbro, allá en el rincón del sur. A uno y otro lado de la carretera de Algar, una vegetación exuberante en la que se conjugan todas las gamas del verde, desde el más restallante hasta el difuminado que acaricia la vista, cansada de los ocres del largo invierno mesetario. En los comentarios, la encerrona de Manzanares en la Maestranza sevillana. Los hay para todos los gustos, desde los que ponen de relieve un manzanarismo a ultranza -que justifica lo anodino de cinco toros con la explosión del mejor toreo del de la “terreta” en el sexto-, hasta los que le niegan la condición de figura. “No pudo con el de Victorino”, dicen los más críticos, sin tener en cuenta lo gazapón, difícil y poco apto para el preciosista toreo del consentido de Sevilla. Y no es que no pudiera con él, que bien que lo lidió y le dio incluso mejor muerte de la que merecía, sino que con ese tipo de toro no se pone bonito ni el que nació en Nochebuena si de luces se vistiera.
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