La puntualidad es en Pamplona proverbial. Antes de Navidad se cumple como rito puntual el anuncio de los ocho hierros de la Feria del Toro. La Meca -la Casa de Misericordia, que trama y teje por libre la feria- es dada a jugar bazas de sorpresa al contratar toreros. Pero en punto a toros no caben experimentos y no se hacen. Hay un respeto sagrado por las tradiciones: no es fácil colarse en el elenco de ganaderos de Pamplona, pero es difícil salir una vez que se ha entrado.
San Fermín se sostiene sobre un preciso engranaje invisible: se controlan metódicamente los registros de encierro: velocidad, previsibilidad, percances de corredores y de… ¡toros!, porque el encierro es también para el toro un riesgo. Se miden hasta las hechuras y el peso potenciales. Es falacia interesada la idea de que el toro de Pamplona se proclama solito en el campo: serían, así, los seis, siete u ocho más ofensivos de cada camada.
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