Un día fui un buen jugador de mus. Bueno de verdad. Le echaba mucho rato y mucha cuenta en la Facultad, cuando estudiábamos en broma lo que luego fue en serio. Periodismo. El mus es como el toreo en asuntos de lucidez: por mucho que juegues, puede que no te enteres nunca de qué va. Por mucho que veas toros, puede que nunca te enteres de qué va. Lo dijo una amiga mía que entonces tenía veintiuno más bien colocados que la mar y que nunca hizo por mirarme una sola vez de tú a tú: hay quien lo va a ver siempre todo con el tercer ojo.
Tenía razón, hoy tiene la edad que tiene y mal colocada y está casada con un barrigoncete calvo que la suele piropear así, haciendo un exceso: "cari, pásame la sal". A ella, que nunca se metió una raya de sal por eso de colocar bien los años en su cuerpo. Y yo me pregunto, cómo es posible cambiar un yate en Sotogrande por desubicar los años en ese cuerpo cumbre. ¿La cirugía? Miren ustedes, lo que natura no da y si lo da lo jode, bisturí no arregla.
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Jugador de chica, perdedor de mus
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