RECUERDOS CAMPEROS

¡Vaya tentadero!... pero ¡vaya tentadero!

Recordamos un fantástico día de campo con Manzanares padre y Enrique Ponce como protagonistas en Moheda de Zalduendo. Hubo competencia y cariño: ninguno de los dos era de dejarse ganar la mano...
José Luis Benlloch
martes 12 de mayo de 2020

Fotos: Arjona

Sucedió una tarde de primavera en la Moheda de Zalduendo. Era una de esas primaveras extremeñas que tiene difícil comparación. Basta con verle los lomos a las becerras, lustrosos y cubiertos, para entender que había llovido a tiempo y lo necesario y las temperaturas habían sido clementes y generosas. Corría el año 2004 y estaba a punto de comenzar la Feria de Abril. Enrique Ponce afinaba aquellos días la puesta a punto. Siempre se supo de su responsabilidad torera. De su insaciable afición. Ni un solo día sin torear. Si es posible, claro, aunque no hay que olvidar que para Ponce en el toreo hay pocas cosas imposibles. Había llamado la víspera. ¡Fernando, voy!... y Fernando, uno de los ganaderos con más afición y más compromiso con el toreo, recibió la llamada como un regalo. Hay ganaderos que lo son para disfrutar y Fernando disfrutaba con sus toros y con sus toreros. Que los tenía, ya lo creo, Ponce era uno de ellos, así que a la hora en punto de aquella tarde primaveral estaba todo preparado. El primero Ponce, vestido con gusto campero. Calzona corta del color gris, camisa de suaves cuadros, chaleco de antelina con botones de plata, botos bien lustrados, la faja a juego para ceñir su privilegiada cintura que seguía siendo la misma de veinte años antes… ni muy vestido porque al campo no se va a una fiesta, ni abandonado porque el cargo, matador de toros nada menos, porque el cargo digo, obliga.

Obliga y atrae. A nadie le puede extrañar que poco antes de comenzar apareciese otro torero, y otro y otro. Vecinos de Moheda, gente importante que no necesita anunciarse y siempre es bienvenida en la casa. El maestro José María Manzanares y Miguel el Litri. Son vecinos y colegas pero sobre todo amigos. El primero viene de Campo Lugar, el segundo de Aliseda. Los dos han tenido su tiempo de criar bravo. José Mari, que comenzó con los lisardos de El Viti, se pasó piano piano a lo domecq, mientras que Miguel apuntó directamente a Los Guateles, que también son domecq solo que por la vía de Antonia Fonseca, que los emparentaría muy directamente con lo del viejo Raboso. Tiempo después, ambos acabarían orillando el bravo, que no la afición. A todos les gustaba el toreo, hablar, torear, sentir…

A la hora de comenzar, Fernando y el mismo Ponce proponen que toreen. Miguel declina directamente y no va más allá de posar con un capote ante la cámara de Arjona; José María apenas ofrece una leve resistencia antes de asentir. Él, tan torero, tan celoso de la liturgia y del detalle, por esta vez no toreará vestido como acostumbra, no importa, vale con lo que trae puesto: unos chinos, unas deportivas, camisa blanca, un cinturón con reminiscencias mejicanas… un conjunto que podría chirriar en cualquiera y que en él acabó dándole un toque de naturalidad torera diferenciador que quedaría aun más en segundo plano (la indumentaria) con la lección que vino todo seguido. Es evidente, en este caso más que nunca, que el hábito no hace al monje, digo al torero.

¿Estáis todos?... Pues venga: ¡vaca! Y a partir de ahí fue una lección tras otra. Ora el maestro, ora el otro maestro, ora en la plaza, ora a campo abierto, siempre desde la cortesía pero siempre desde el orgullo, ese que se siente sin que se note. No se trata de ser el mejor sino de ser tú, que en su caso no es muy diferente.

Salió una vaca y otra y otra, todas gordas y potentes, vacas que llegaban a parecer toros, que embistieron con carácter, como si quisiesen deleitarse de la sapiencia de sus lidiadores. Ganadero y toreros se cruzaban comentarios, nadie perdía detalle, se saboreaba el tentadero, “que no se acabe” te decías. El maestro de Alicante toreaba con su tauromaquia depurada, esa que queda cuando le has restado todo lo superfluo, es un proceso natural que llega con los años, es como prescindir del agua de colonia y dejar el perfume, el mismo que te identifica. Entre vaca y vaca, cuando llegaba al burladero encendía un plajo. Y respiraba hondo, de satisfacción, claro. Se le veía feliz. El de Chiva no se quedó atrás en el deleite. Lo pueden imaginar. Hubo competencia y cariño. Ninguno de los dos era de dejarse ganar la mano, vamos, ni en casa de los amigos ni siquiera en ambientes tan cálidos como aquel. No se trataba, quede claro, nadie lo pretendía, de mostrarse mejor que nadie, qué vulgaridad, porque… porque eso no se piensa, eso se siente, con ese instinto se nace y se aplica con la mayor naturalidad. Como sucedió aquella tarde en Moheda. De otra manera no hubiesen sido ellos. ¿Que quién fue mejor?... Por favor, eso no se pregunta. Y ahora les he de decir que tal como me lo contaron -o quizás, como me lo imaginé- se lo he contado.