José María Manzanares realizó el viernes día 16 de septiembre de este año de gracia de 2016 la que posiblemente ha sido la faena más importante de su carrera hasta el momento. Su quehacer ante los dos toros de Núñez del Cuvillo que le tocaron en suerte fue de gran belleza, cadencia y armonía.
Especialmente en su segundo, quinto de la tarde, bordó el toreo con un conocimiento de las distancias, los tiempos y las alturas, que le permitió hacer arte puro en una faena larga y constantemente ovacionada, que sacó a la banda de música de su modorra habitual y puso en píe al público que llenaba el coliseo albaceteño. Parecía imposible tanta belleza, pero allí estaba el hijo de su señor padre al que en plena borrachera de arte, provocada por el hijo que tanto amó, me pareció ver sonreír satisfecho y emocionado entre las nubes que encapotan el cielo del templado otoño manchego.
Para mí es indudable que en Albacete, y en su Feria de La Virgen de Los Llanos, todos los ángeles del toreo asomaron ayer tarde al palco de la gloria para aplaudir la obra de arte de un torero grandioso.
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Y los ángeles batieron palmas
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