El caso de David Fandila "El Fandi" es digno del mayor de los reconocimientos. A tenor de lo presenciado en sus recientes actuaciones en Huelva, ante un encierro de Miura, y Málaga, ante un lote de El Parralejo, queda claro que a este torero granadino le da igual el Yin que el Yang, que no solo conserva el sitio, sino una frescura física y mental que desafía cualquier lógica para alguien con más de dos décadas de alternativa a sus espaldas.
El secreto de este David no radica únicamente en su incontestable dominio del tercio de banderillas, donde sigue cubriendo plaza con una facilidad atlética pasmosa, sino en la entrega sin reservas que demuestra tarde tras tarde. Mientras otros espadas con su bagaje tienden a dosificarse, David salta al ruedo con el hambre intacta de quien busca abrirse paso por primera vez. En Huelva volvió a conectar de forma inmediata con los tendidos gracias a esa tauromaquia festiva, viva y técnica que maneja a la perfección, mientras que en Málaga ratificó que su oficio es una garantía absoluta para impregnar de alegría a la fiesta.
En las citas mencionadas no sólo ha demostrado que mantiene una profesionalidad impecable, sino que responde de igual manera en un festival como en tardes de máxima exigencia. Su capacidad de facultades en los tres tercios le permite someter a los toros sin dar muestras de fatiga. Hay que reconocerle que mantiene intacto el idilio con el público desenfadado que acude a la plaza sin la regla ni el cartabón.
Suele decirse que la madurez quita ímpetu a cambio de sobriedad, pero El Fandi ha conseguido un equilibrio harto difícil: sumar la reposada sabiduría del que se conoce todos los terrenos del toro sin perder la ilusión del novillero que quiere triunfar a toda costa. Tras sus lecciones en tierras onubenses y malagueñas, David demuestra que la veteranía no tiene por qué oler a despedida, sino a pleno dominio de la escena. Cuando lea que el escalafón precisa renovarse debe ser el último en darse por aludido.

