No nos demos coba, al buen aficionado le caben muchos toreros en la cabeza pero hay toreros que te hacen perder la cabeza. He sido siempre un obseso del toreo de naturalidad, de que no parezca que estás haciendo un gran esfuerzo, de que el cuerpo no esté electrizante y electrizado durante la faena… pero esas formas de torear no se aprenden, se nace con ellas. Lo de Pablo Aguado en San Miguel, en Sevilla, en la Maestranza que le vio triunfar hace años, es muy difícil de explicar, hay que verlo aunque sea en video. Tuvo que ser de nuevo Jandilla el que propiciara que Pablo dejara absolutamente claro, a todos, incluido Roca Rey, que el toreo es así. El peruano se arrimó, se esforzó, se lo pasó por todos lados, se puso de rodillas, en pie, despacio, deprisa pero nada, no había forma de superar las faenas de Aguado, mucho más breves, mucho más únicas, porque cuando solo necesitas tres tandas para poner una plaza bocabajo…
De Justo fue fiel a sí mismo, mantuvo su línea de torero poderoso y de entrega. Ah, y su profundidad.
Deben darse cuenta los aficionados que el toreo de Pablo Aguado es el que permite que esperes que llegue el toro adecuado para ver sublimes obras de arte. Bueno es que exista un torero que nos haga vibrar cuando se para el tiempo, cuando se torea como sí se tomara un café. Aseguro, sin temor a equivocarme, que si tiene un heredero el de La Puebla es éste. En las escuelas deberían meterle en la cabeza a los alumnos dos cosas: naturalidad y despaciosidad, y descubrir quién lo lleva dentro porque así, los toreros que salgan, no nos aburrirán toreando todos iguales.
Aguado nos hace a los más viejos renovar ilusiones porque cuando hemos visto miles de toreros, miles de corridas, caemos, como los matrimonios, en crisis de ilusión y desidia y hasta “jartura” de toros y toreros. Después de lo ocurrido dices ¡Carajo! El toreo existe. Deben cabernos muchos toreros en la cabeza pero muy pocos te hacen perderla… Aguado sí.

