Me comentaba Francisco Rivera Ordóñez, en una distendida charla entre amigos, que Morante y Roca Rey, anunciados el día de la Comunidad Valenciana, equivalen al Ordóñez y Luis Miguel de los años cincuenta. Lo deletreó con la fuerza de ser parte de su sangre. Inevitablemente, el recuerdo viaja hacia aquel otro cartel, aquella otra época y aquella otra pareja que convirtió Valencia en uno de los escenarios del gran teatro taurino allá por el año 1959, gracias en gran medida a la pluma del Nobel Ernest Hemingway que encontró en la personalidad de ambos argumento literario y devociones personales que acabaron llenando no solo las columnas especializadas sino recorriendo el universo literario.
Morante de la Puebla y Roca Rey no necesitan ser rivales como sí llegaron a ser los célebres cuñados para generar expectación. Les basta con ser diferentes. El aficionado quiere saber qué hará Morante ante el toro; el público quiere comprobar hasta dónde llegará Roca Rey. Uno despierta la curiosidad de lo imprevisible; el otro, la expectación del riesgo. Uno tiene detrás una iconografía que pertenece a la memoria sentimental de la Fiesta; el otro posee una proyección internacional que ha convertido su nombre en uno de los grandes reclamos contemporáneos.
Ahí aparece la palabra que quizá mejor permite comparar ambas épocas: glamour. El glamour de Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín era el de una España que comenzaba a ser descubierta por el mundo. El de Morante y Roca Rey pertenece a una sociedad globalizada, dominada por las imágenes, las redes sociales y la televisión. Hemingway necesitaba escribir para que aquella rivalidad trascendiera las plazas; hoy una corrida puede recorrer el mundo en cuestión de minutos. Pero el mecanismo profundo sigue siendo parecido: dos personalidades fuertes, dos estilos reconocibles y una plaza con ganas de comprobar qué sucede cuando se encuentran. ¡Apasionante!
Foto: Eva Morales
