BENLLOCH EN LAS PROVINCIAS

Hay romance, Roca Rey y Valencia se quieren

José Luis Benlloch
sábado 10 de octubre de 2026
La torería de Morante, el temperamento de Roca y la rebeldía de Rufo, dieron contenido a la tarde
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Media corrida de fina joyería, orfebrería de la cara y media de esfuerzo y entrega. Todo cabe en la enciclopedia del toreo y eso es lo que pasó. A todo están obligados las figuras. Así que por esta vez expectación correspondida. La tarde arrancó mejor que acabó así que si hubiesen alterado el orden mejor sabor nos hubiese dejado. En cualquier caso, nadie puede decir que echase la tarde en vano. Todo lo contrario. Hubo fiesta y convivencia, pasión sin centinela por mucho que el… iba a escribir puto helicóptero, pero mejor sería decir la necesaria vigilancia desde lo cielos estuviese a punto de dar al traste con la enrazada faena de Roca al segundo de la tarde. Los tres espadas, Morante, Roca y Rufo estuvieron claramente por encima de los toros. Al primero de Torrealta, feo y destartalado le faltó clase, que remienden una corrida de lujo con un armario así es de difícil digestión; y los cinco de Álvaro Cuvillo mezclaron nobleza y mansedumbre con clara ventaja para lo segundo.

El ambiente era de fiesta grande. Lo que correspondía al día. A la ahora en punto la plaza estaba hasta los tejadillos, rebosante, ocho días antes se había acabado el billetaje. Respuesta exacta y justa a la programación. La Valencia taurina y la de aproximación se mostraban en su salsa, eso se sentía. Vale decir pues aquello de toros al estilo Valencia. Público generoso, pero no ignorante. En la disyuntiva de ruina o lujo, ayer tocaba lujo. De esa forma lo imprevisible, la suerte, la baraka… que son condiciones congénitas al toreo, que te pueden zarandear entre la gloria o la cruz por esta vez salió principalmente gloria. Las cosas bien hechas, entiéndase bien programadas, tienen muchas probabilidades de que salgan bien. Y es lo que pasó. Que apostaron a ganador y salió ganador.

El capote de Morante, también las agallas de Morante girando sobre los talones, resistiéndose a sacar la bandera blanca en ningún momento, ni siquiera en el probón cuarto que en otros tiempos le hubiese durado lo que una calada a uno de sus cigarros puro; el empuje de Roca Rey convertido en una traca como recalcaba Pascual en su remitido de ayer, con el bueno y con el chungalí, a eso se llama responsabilidad de figura; el toreo recio de Rufo en su primero, la muleta en la zocata, anclados los talones, largo y hondo el trazo; el lujo de los rocines del arrastre que en Valencia cuentan lo suyo; los preámbulos patrios al son de los dos himnos, a mayor gloria; el reconocimiento a De la Fuente, un entrenador triunfante entre abrazos y parabienes, ya quisiera yo que el mundo del fútbol tuviese esas declaraciones de amor con el toreo; la temperatura ideal, que también cuenta, ni frío ni calor, ni tampoco moscas que maldita la falta que hacen; la congoja de Javier Gómez Pascual, hombre de plata que decidió cortarse la coleta en Valencia tras una carrera de honrosa y brava torería… Eso y más es lo que pasó pero permítanme un respiro, para contarles la salida a hombros de Roca envuelto en la pasión juvenil, una nube de chavalotes enganchados a la magia del toreo… Rock and Roll, zarandeo procesional, a esas alturas de la tarde, pasadas casi las tres horas de espectáculo, era evidente que Valencia era de Roca y Roca de Valencia.

Tras un largo preámbulo de himnos con el paseíllo parado, con lo que el detalle debe doler a los toreros a los que el momento les pesa como un mal año, los aplausos para sacar a Morante al tercio para rendirle homenaje no tuvieron éxito. Se resistió el sevillano, no sé si porque ya andaba como loco porque saliese el toro, si porque le parecieron pocos los aplausos o porque nunca acaba de desaparecer la superstición contra los buenos principios. Y ya sin más preámbulos, salió el primero, grandullón, nada armónico, feo, para que andar con eufemismos. Un mazo de verónicas del sevillano exponiendo, lo que no es habitual, puso el termómetro por las nubes. En ese mismo toro, para qué esperar, Roca Rey, ni cortesía ni respeto a los años, desde su derecho, se echó el capote a la espalda y se lo pasó unas cuantas veces por los muslos. Quedaban inauguradas las hostilidades entre el jolgorio general de la gran mayoría que ya no admitió el gesto cuando lo intentó de nuevo en el cuarto y se olvidaron de la libre y conveniente competencia. Lo querían entero para Morante.

"El toledano sobrevivió con nota alta ala pasión de la plaza por las figuras"

Tras brindar a Luis de la Fuente, Morante aperturó su primera faena con un mazo de ayudados por alto torerísimos y una serie de naturales directamente extraordinaria. El sevillano le aguantó probaturas al de Torrealta, puso la bravura y la clase que no tenía el toro, le consintió, le esperó, le hizo creer que podía mandar cuando el que mandaba, cabeza fría y corazón caliente, era él, de tal manera que ahora le obligaba y ahora le aliviaba. Si quieren buscarle macula a la faena si acaso que demasiado tiempo anduvo con el toro, que él no necesita tanto. Con el torrealta a menos lo intentó matar en la puerta de chiqueros, resbaló, se vio comprometido, lo intentó de nuevo y el que la espada cayese levemente desprendida fue motivo, otro no veo, para que el presidente sacase a relucir su extraño catecismo de no se sabe bien que religión y se plantase ante la voluntad popular. Eso en las páginas de política se le llama… digamos que presidencialismo o a tomar viento la constitución. Y el premio se redujo a una ovación redonda y sentida que recogió desde lo medios.

A su segundo lo recibió por faroles y delantales y le aplicó un galleo por chicuelinas para llevarlo al caballo ¡qué maravilla! rematado con una serpentina de los que merecen un monumento. Estaba inspirado, tanto, que aprovechó un desarme para hacer una exhibición de facultades y recortes que pusieron al público en pie. ¡Morante atlético, ooh! El toro le dio motivos para salir con la espada de matar y coleccionar una bronca de las propias entre toreros de su género, de las que tanta leyenda propiciaron, pero ya hace tiempo que renunció a esa licencia y se puso voluntarista.

Roca Rey


Roca Rey la armó en su primero ya de primeras. Ese viaje de la puerta de presidencia a la puerta de arrastre por verónicas ganadoras, valieron un Potosí. Lance paso, lance paso, siempre adelante, un terremoto, un aviso al toro y al público, un aquí mando yo. Mandó también que no picasen al de Cuvillo, solo lo mínimo, que es orden muy del gusto de Valencia. Un explosivo arranque en los medios fue el preámbulo. Él, de rodillas y el público de pie en justa correspondencia, la música al ataque del pasodoble, el dichoso helicóptero enredando en el aire, el peruano maldiciendo al espontáneo aéreo, una locura a la que puso grado torero con una serie con la derecha tremenda que puso al público en pie. La muleta a rastras y los pies enterrados, ni un paso atrás, probaba la bravura del toro y las agallas del torero. Repitió suerte, volvió a descararse con los del helicóptero que le restaban concentración, se sobrepuso al ambiente de tal manera que cada vez que salía de la cara del toro, cada vez que remataba una serie, el público, como un resorte, se ponía en pie. Eso, ante el ambiente morantista (lógico) que reinaba no podía ser por nada. La estocada fue monumental en la ejecución, de las que por si sola valen una oreja, pero el presidente consideró que no había para más. Se descontaría al evaluar méritos, sería eso.

A su segundo un castaño distraído y mansón, escandalosamente huidizo, quizás por influencia de la luz eléctrica, Roca logró sujetarle y le hizo faena de porque sí, por aquello de lo civil o lo criminal en un ejercicio absoluto de responsabilidad de figura. Volvió a matar con contundencia y descerrajó la puerta grande. A eso había venido, se le notaba.

Ese Rufo

Cuando salió el tercero Rufo tenía una papeleta gorda que resolver. Lo primero era recordar que estaba allí, que había que repartir las miradas y los quereres. Lo logró. Colorado, bonito, pero blando, manso de solemnidad o eso parecía, aunque con una clase extraordinaria que visto lo visto son conceptos compatibles, a eso ahora le llaman toreabilidad que se tradujo en nobleza, humillación y ritmo. No era bravo o sí, entiéndalo como quieran, el caso es que en los medios no tragó, pero cuando Rufo, que no se rindió, le encontró el terreno adecuado embistió de puro lujo y Rufo lo toreó de puro lujo, sobre todo al natural en terrenos del 10, la muleta arrastrada, la línea recta rota, las muñecas dormidas, el fin del trayecto en cada muletazo mucho más allá de la cadera, profundidad se le llama a eso, y el público que ayer entendió todas las tauromaquias, se le entregó. Una estocada levemente caída y de nuevo la cicatería presidencial. Su segundo ya no le dio opciones. De cualquier forma, sobrevivir toreramente a los dos grandes tiene especial mérito.

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