Cerrojazo a la temporada. Excelente ambiente. Ausencia de la gobernanza dirigente. También de aficionados ilustres. Prefirieron el sillón televisivo. Toreaba Román como disculpa. Ah, bueno, disculpados. Los chicos bien, no para soltar las campanas al vuelo pero se vieron cosas de interés. Juan Alberto Torrijos, Javier Cuartero e Ignacio Garibay derrocharon disposición y cuajaron buenos momentos por momentos si me permiten la redundancia. También los novillos dieron juego, de Casa de los Toreros, puro domecq, especialmente los tres últimos, que en manos más expertas y con menos prisas aún hubiesen sido mejores. Hubo profusión banderillera. Los de plata, que también tienen su corazoncito de artistas, dieron espectáculo. Se cubrió medio aforo que en una novillada es dato para la esperanza. Hay vida, te dices. En realidad, marca el camino, señala en qué hoja del calendario encaja la temporada. Lo que se pierde por un lado, alicaída Feria de Julio, debe y puede crecer entorno a la fiesta de la Comunitat. Las grandes se juntan, Sevilla, Valencia y Madrid, tres estilos de ver toros, tres maneras de vivirlo, en términos tenísticos tres grand slam a los que se podría añadir Zaragoza. Eso en poco más de una quincena es un tesoro que debe aprovecharse. En lo que nos toca hay clima, un ambiente lúdico muy favorable, basta asomar a la calle para comprobarlo y los antecedentes, reiterativos e insistentes, lo avalan. Prueben, decídanse, con carteles de entidad, claro, que Valencia no es de medias tintas.
La tarde arrancó con Juan Alberto Torrijos en la puerta de chiqueros. Esfuerzo baldío porque allá por el tercio de banderillas, la presidenta entendió al fin lo que era una evidencia y mandó devolver el novillo por lisiado. Así que el de Algemesí tuvo que resetear y volver a comenzar. Al sobrero, un torito colorado y serio, mediada la faena de muleta le encontró la distancia y las alturas y le ligó dos series, una a izquierdas y otra a derechas, que deben marcarle el camino del éxito, por ahí vamos bien. Ahí está el pan. Pinchó antes de cobrar la estocada y la petición de oreja fue insuficiente. La suerte le sonrió a Juan Alberto con su segundo. Excelente novillo con el que se fue despojando de la presión y creciendo artísticamente. Lo toreó por un pitón y por el otro, si no estuvo mejor fue porque anduvo más en novillero que en matador que es lo que le toca. Ya saben aquello de la maldición de la gitana, Dios quiera que te salga un toro bravo, pues ese fue bravo y bueno, y Juan Alberto sorteó el reto con dignidad y buenas maneras que no era tarea fácil. Oreja, petición de la segunda y sordera presidencial.
Garibay hizo lo mejor de su actuación, a mi gusto, en el quite al segundo, con una despaciosidad e inspiración que ya no repitió. Seguramente, como Juan Alberto, por su misma condición de novillero, sus prisas, sus ganas. En su primero, novillo descompuesto, poca cosa, sin fuerza y sin recorrido, se mostró muy templado, seguro, dejó ver detalles innatos de torero que debe aprovechar. A un tantarantán muy duro respondió con firmeza. Es un ejemplo. Ni se miró. Hizo lo que debía, le buscó las vueltas al novillo y se las encontró. Tuvo poco premio para los méritos contraídos. Más cosecha tuvo en el sexto en el que insistió, se entregó y cosechó una oreja tras una estocada extraordinaria.
Cuartero tuvo un primer novillo que parecía un torito, un dibujo, una pintura, que de primeras hizo cosas de gran calidad, pero se apagó pronto. Él se empeñó en torear a piñón fijo, en una distancia fija, alguien le tiene que decir que cada novillo y cada momento tiene su planteamiento y ese, que venía andando y sin celo, no era de encimismos. Quizá más distanciado y aprovechando la inercia… quizás. O no, pero hay que probar. Fue bueno, con muchas posibilidades, el quinto, que pedía muñecas de seda y mucho temple. No acabó de dárselo. A la próxima. Si los maestros, tantas y tantas tardes no se acoplan… solo que hay pocos trenes y te subes o los lloras.
Juan Alberto rozó la puerta grande. Foto: Vigueras
