El Mene ha vuelto a dejar sello de torero importante la tarde de su alternativa. Día clave sino decisivo en la carrera de un torero. Tras una temporada casi en blanco, de no ser porque debe tener, seguro que lo tiene, carácter de luchador y fe ciega en sus posibilidades, como se ha demostrado, es posible que se hubiera malogrado lo que se perfila como un torero de concepto hondo y puro.
A tenor de la imagen que ha proyectado la tarde en la que Morante lo ha investido doctor en tauromaquia en Zaragoza, me da que hizo del silencio su mejor apoderado y del campo su trinchera. Entrenar en la sombra y masticar la rabia necesaria para convertirla en temple es la mejor receta para casos así.
He venido siguiendo su trayectoria desde que apareció en Villaseca de la Sagra en la temporada de 2024 y he observado que ha sabido gestionar el tiempo de sufrimiento, ese en el que no llegan contratos. Ha debido de haber disciplina, fe ciega en su tauromaquia y una maduración que sólo pueden alcanzar quienes son sometidos previamente a la prueba de la indiferencia. Situación que debió hacerle mella al contrastarla con los halagos que recibió cuando apareció en el firmamento de los novilleros, pues las alabanzas y parabienes eran el café de cada día.
En ese tiempo en el que veía que se consumía la temporada y no le llegaban contratos, lo más fuerte que le he leído fue aquella pregunta que lanzó cargada de desesperación: ¿Ni siquiera he hecho méritos para tomar la alternativa?... ¿Justificada queja, denuncia, grito...? me pregunto. Desde la óptica de alguien que cree que los toreros que por su distinguida forma de hacer el toreo invitan a mirar más allá de lo inmediato, entiendo que fue grito justificado. Que a toreros de esa clase hay que darles margen de maduración.
Hay que convenir que, mientras siga progresando, El Mene es una alternativa en el sentido más necesario de la palabra: una posibilidad para quienes todavía creen que la clase, el concepto y la personalidad deben tener espacio en los carteles. No hace falta proclamarlo figura antes de hora. Basta con no negarle la oportunidad de demostrarlo. Que se le exija, sí. Que se le mida, también. Pero que se le dé cancha. Porque el toreo necesita figuras, pero antes necesita toreros que puedan serlo. Y cuando aparece uno al que se le intuye gran dosis de clase, lo sensato no es apartar la mirada, sino abrirle las puertas de las plazas.
Foto: José Salvador.
