Al país le crujen las costuras y al toreo le crujen las costuras. Natural. A los problemas propios de la Fiesta, al topetazo eterno entre los modos diferentes de ver el toreo, a un lado los toreros a otro el toro, a un lado los espectadores festivos a otro los agrios, todo de imposible mezcla salvo milagros -alguna vez se producen-, se le ha añadido la coyuntura dramática que asola el país y afecta a todos. Ya no cabe señalar a la psicosis general como culpable, es psicosis, sí, pero es realidad también. Tiempos hubo en los que las crisis y las estrecheces y las penurias y las cadenas y hasta el hambre se compensaban con divertimento. En la posguerra mismamente o en los no tan felices veinte. No hace tanto lo comentábamos en esta misma columna: de la gente que empeñaba el colchón para ver a José y Juan o eso nos contaron, hicimos un símbolo. Pues ahora no, ahora no hay quien empeñe o no hay qué empeñar.
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