Para cuando se restaure la cordura en la política del nefasto Puigdemont, el “president” que pasará a la historia como un servil recadero de la dinastía Pujol y Artur Mas, así como por haberse acreditado como el personajillo político más nefasto de la segunda mitad del siglo XX y la primera del XXI, y por ser el tonto útil del independentismo suicida que ha auspiciado la ruptura de la convivencia en Cataluña, poniendo en peligro la unidad de España como nación, los que mandan en el negocio taurino deberían tener preparada la estrategia oportuna para que el toreo, como espectáculo, retornara a la normalidad propia de una democracia moderna, fundamentada en un régimen de libertades garantizado por la normativa constitucional.
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