El fin de la temporada trae vientos de nostalgia con América como referencia. Tiempo hubo en los que la categoría de los toreros se medía por el número de viajes que cuando llegaba el invierno habían hecho hasta aquel continente (un viaje por temporada dada la duración de las travesías) de donde regresaban con las bolsas literalmente repletas. Ya no es así salvo en Perú. Con el bicentenario coso de Acho y Roca Rey como referencias, en aquel país andino crecen sin parar las ferias taurinas, muchas de las cuales se celebran en los lugares más recónditos, no siempre con ganado de garantías y a costa incluso de ignorar prácticamente las necesarias precauciones médicas que deben acompañar a una corrida de toros, de tal manera que al riesgo propio del toreo se añade el de unas infraestructuras asistenciales no demasiado actualizadas. Aun así, son muchos los toreros españoles que acuden y hasta hacen temporada a la búsqueda de unas bolsas residuales y de un triunfo que trascienda a España. En el resto de los países el toreo pervive con suerte desigual.
En Ecuador han clausurado el coso de la capital, conocida como la plaza Iñaquito, la ciudad donde todos los días se sienten las cuatro estaciones del año, lo que obligaba a celebrar los festejos en horario matinal y con los espectadores necesariamente protegidos con sus célebres sombreros de jipijapa, tal era el rigor del sol a esas horas del mediodía. A mayor dificultad, los diestros tenían que afrontar el reto de la altitud, 2.850 metros sobre el nivel del mar que no todos superaban, bajo la advertencia de que una demora con la espada y el consiguiente retraso en terminar se podía pagar con un gran chaparrón.
Fuera de la capital el toreo resiste, incluso ha crecido en plazas de menos relieve, en varias de ellas con el respaldo de los Cobo, familia de ganaderos, toreros y políticos, erigidos en grandes defensores de la fiesta más española. Se trata de cosos de escaso aforo, pero mucha vitalidad, próximos a la capital, donde más que acudir, los aficionados peregrinan cada año en condición de devotos a presenciar las actuaciones de las figuras españolas y la bravura de los toros nacionales que con simiente española crían fundamentalmente los propios empresarios con las divisas de Huagrahuasi y Triana.
Méjico, donde como escribió Fernando Vinyes era (ya no es lo mismo) el otro país donde los toros eran fiesta nacional, como ha sucedido en Ecuador ha perdido la plaza de la capital bajo la presión política, antiespañolismo puro y duro, pero perviven buenas ferias en los estados. Las de Aguascalientes, Guadalajara, Monterrey, Mérida… entre otras. Son plazas donde la presencia de figuras españolas fluctúa en función de la cotización de su moneda. Colombia, no hace tanto buque insignia con grandes ferias y ganaderías de primer nivel llevadas de España a golpe de talonario, también sufre persecución más o menos encubierta, impulsada por el pacifismo, si se permite la ironía, del excéntrico Petro, en claro contraste con su posicionamiento en su tiempo guerrillero.
GANADERA VALENCIANA
La temporada venezolana está prácticamente desaparecida bajo la bota del régimen chavista que debe considerar más cruel la tauromaquia que las detenciones nocturnas y/o las prácticas en presidios como el Helicoide y la ha ido empujando hasta orillarla. La gran crisis económica de la sociedad y la consiguiente existencia de problemas de mayor rango ha hecho el resto. Chapada Caracas, entre otras, solo restan con cierto nivel dos ferias, San Cristóbal y Mérida junto a muchas efemérides y recuerdos cargados de grandeza, algunos de ellos relacionados con Valencia como la plaza del mismo nombre, la monumental de Valencia, en el estado de Carabobo, tras la de México DF, la segunda plaza más grande del mundo, donde se celebraba la llamada Feria de la Naranja, distinción que nunca llegamos adoptar en la Valencia original, cuna de la ídem.
Referentes valencianos también en aquel país son la ganadería de Tarapío, propiedad de la familia Branger, a la que pertenece por matrimonio con Marcos Branger, médico, aficionado y ganadero, quien fue una destacada cantante española de copla en la década de los cincuenta, Maribel Llorens, nacida en Alcira, que siempre llevó muy a gala sus orígenes. En su finca encontraban entusiasta acogida todos los espadas españoles que hacían temporada en Venezuela, sobre todo Antoñete, quien, en sus horas más bajas, prácticamente desahuciado para el toreo, se estableció en aquella finca donde un buen día Manzanares le invitó a encabezar el cartel de una improvisada corrida de toros y lo hizo con tanto éxito que se entendió como la señal para iniciar una reaparición en España, la penúltima y más gloriosa, en la década de los ochenta. En Tarapío también encontró acogida el matador y pintor valenciano Guillermo Císcar "Chavalo", que vivió su primera juventud en aquel país, al que volvió ya novillero de cartel para torear con gran éxito en el Nuevo Circo de Caracas y en Maracay. No fueron los únicos referentes españoles en aquellos países, El Choni tuvo gran cartel en Méjico donde llegó a establecerse un tiempo tras retirarse de los ruedos, El Soro también toreó mucho. Menos gratos fueron los percances mortales que sufrieron Morenito de Valencia en Guayaquil y el setabense Punteret en Montevideo.
HITOS HISTÓRICOS
Entre los hitos artísticos con más espacio en la memoria colectiva de los aficionados españoles, quedan por encima de todos, los triunfos de Manolete en México, de los que hay abundante material cinematográfico que demuestran la pasión con la que le celebraban. No fue fácil, tuvieron lugar en un tiempo de grandes toreros aztecas cuya defensa por parte de los aficionados dio lugar en principio a una apasionada animadversión contra el cordobés que se convirtió en apasionada entrega desde que el gran Silverio Pérez que ya le conocía de haberle visto en España y sabía de su potencial artístico, se dirigió una tarde al público pidiéndole que cejasen en sus gritos contra el monstruo cordobés. "No me lo enojen", cuentan que les pidió.
Algo parecido en cuanto a la tardanza en reconocerle sucedió con El Cordobés, al que de primeras le hicieron mil trampas en los sorteos hasta que, suele contar el propio Benítez, cogió un revolver y se atrincheró en los corrales para evitar cualquier tunantería que le pudiesen hacer a sus toros como ya le habían hecho. Resolvió el problema y cuajó tardes memorables. Otros españoles con máximo cartel en aquel país, hasta merecer el tratamiento de consentidos (preferidos o mimados) fueron sobre todo Paco Camino y el Niño de la Capea, que encontró allí otra versión, corregida y mejorada de su propio toreo, y más recientemente Ponce, Tomás y Juli. A lo largo de la historia también los hubo de mucho cartel en España que se tuvieron que volver ligeros y sin fortuna.
En la actualidad, retirado Ponce, que estos días volverá para actuar en un par de festivales, solo dos valencianos, Román, que cada año viaja con reiteración a las principales ferias, y Miguel Giménez, que vive prácticamente todo el año en Perú, hacen temporada en aquel continente. Este en un circuito duro en el que sortea con éxito todos las trabas y deficiencias ganaderas que se le presentan.
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