Lo previsto y lo imprevisto, lo previsible y lo accidental, los imponderables, los enredos malabares, las secretas intenciones, las manos negras: todo eso es, en cuestión de toros, materia inflamable. El incendio ha sido en Bilbao hace apenas dos semanas.
Toros de ganaderías seguras que no embisten ni intención de hacerlo. No lo hicieron. Ni Domingo Hernández ni Alcurrucén ni Torrestrella ni Fuente Ymbro. Demasiado alta la proporción. Salvados de la quema cuatro toros de veinticuatro. Dos muy encastados: un sobrero de Fuente Ymbro y un torrestrella descarado y fondón como los toros de las calles de Castellón. Uno bondadoso y mansito de Domingo Garcigrande. Un cromo espectacular de Alcurrucén, berrendo en colorado, sin el tranco de más del encaste Núñez -demasiado alto el toro- pero con un remate deliciosamente noble, y privativo, por abajo. Por debajo del vuelo de esa muleta tan singular de Diego Urdiales, la más planchada del toreo, la de más perfectas dimensiones. Muleta de orfebre.
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