FERIA DEL SOL

Catedrático Luque; arrebatador Colombo en Mérida

Rubén Darío Villafraz
lunes 12 de febrero de 2024
El sevillano pasea tres orejas, dos de ellas de un sobrero de regalo; mientras que el diestro venezolano hace pleno e indulta a Teleférico, de la ganadería de El Prado

Fue una corrida entretenida. El clima y el ambiente lograron casi similar entrada que el día anterior y a fe que la expectativa era un hervidero. Pero los toros de las ganaderías de la casa Molina Colmenares dejaron mucho que decir, más que desear, en cuanto a trapío y juego en conjunto. No se justifica un encierro por el hecho de la nobleza y bondad, cuando para tal efecto la mayoría de los pupilos molineros se les cumplió simbólicamente el tercio de varas, quedando casi petrificados tras la mínima sangría que en el caballo se les propinó.

El culmen del caso vino con el indulto del segundo del lote de Colombo, animalito el cual ni siquiera le rompieron el pelo con la almendra de la vara para que luego, desde la pajarera presidencial, bajo la petición efervescente de un publico ávido de emociones, se indultara, algo inaudito cuando de seriedad y categoría de una plaza hablamos.

La corrida la aperturó la actuación del rejoneador Francisco Javier Rodríguez, ante un mansurrón aquerenciado de Los Marañones, ganadería el cual desde hace varios años no lidiaba en ruedos venezolanos. Ante este, el rejoneador yaracuyano luciría poco eficaz en los tres rejones de castigo que colocaría, frente a los arreones que a favor de querencia provocaba el mencionado dije. En banderillas mejoraría el decorado de su labor, clavando de frente, lo que hizo que su labor tomara interés ante los presentes. No alargaría en demasía actuación, pues solo cuatro farpas colocaría para irse tras el rejón de muerte, aliviándose, dejando el acero contrario y caído, fulminante de necesidad para cortar una generosa oreja, cuando ya el toro se lo llevaban las mulillas.

En lidia ordinaria, Daniel Luque se encontraría de primeras con un anovillado astado que hacía que desluciera todo el conjunto del sevillano. Tras el certero puyazo de su piquero de turno, el burel quedaría petrificado entre las rayas del ruedo, lo que hizo que Luque necesitara del recurso de torearle en las cercanías, por ambos pitones, a media altura, ajustando temple y mando para pasarse las mortecinas embestidas de un animal que incluso estuvo a punto de echarse antes de culminar el encimista trasteo. Los tres cuartos tendidos de espada, previo pinchazo, dieron pie a la concesión de una oreja.

Su segundo seguiría el guion de lo que hasta el momento había transcurrido la tarde, una faena de poco calado tras luego el toro venirse abajo de nuevo tras el tercio de varas. Le pasó por ambas manos, con voluntad e intención de lucimiento, pero era poco o nada lo que ofrecía el a menos astado a un a disgustado Luque. La brevedad con el acero se le agradeció, lo que hizo que inmediatamente solicitara, picado en su orgullo, regalar un toro, pero no de los sobreros titulares, sino uno del hierro de Juan Bernardo Caicedo, el cual terminaría siendo protagonista también de la función.

Alto y largo, Forastero parecía que fuera el papá de los toros lidiados anteriores, por su alzada, trapío y en especial tranco en su embestida, esa que Luque desde el mismo momento de su salida supo entender, en largo y florido saludo por verónicas. El certero castigo en varas sería fundamental para luego, en la muleta, Luque se decantara por un toreo reposado, preciso, sacando provecho a las boyantes embestidas del astado colombiano, por la mano derecha en series preñadas de entrega y torería, ante un toro con toda la barba. Bajaría un poco el diapasón de la faena por naturales, pero igual tuvo su miga algunas series, ante un ejemplar que vendería cara cada uno de sus envites a los engaños. El espadazo trasero y tendido fue suficiente para que el toro doblara, y con ella la concesión de las dos orejas, un poquito largas, pero que reconocían el empeño del torero por no quedar en el debe ante el aficionado ilusionado a sus formas y maneras.

Nuevamente Jesús Enrique Colombo se hizo amo y señor de la afición merideña. Desde el primer momento se haría con la escena de una tarde donde supo entender las condiciones de un lote en la que suplió las carencias de dichos bureles. Ante el jabonero primero de su lote, se le vio en labores de enfermero a un Colombo al que se le vio exultante en banderillas, previamente variado en el capote y resolutivo en la muleta, en faena de largo metraje, ayudándole a media altura en tandas medidas arropado ante la entrega incondicional de la afición emeritense. Pudo sopesar el hecho que el toro se doliera del pitón derecho partido en el burladero del 2, lo que condicionó su defensiva embestida por ese lado. El espadazo con la que se fue tras el acero, fue elemento indiscutible para la concesión generosa de las dos orejas.

Vendría la lidia de su segundo, el mentado Teleférico, animal de notable nobleza, de tranco franco desde el alegre saludo por largas cambiadas en el tercio. Lo pasó Colombo en varas en simple simulacro, pues William Hidalgo “El Llanerito” ni siquiera le haría sangre para una muestra hematológica. El tercio de banderillas explosivo puso a favor a toda la plaza, para de esta manera en los medios iniciar toreo en redondo de rodillas, el detonador luego de una labor donde el fervor del público desencadenaría un efecto masivo en toda la plaza, esa misma que bramaba de emoción por la diestra y zocata, ante una labor a favor de un animal noble hasta que se aburrió del largo repertorio muleteril. La petición del indulto no se hizo esperar y antes que Colombo se fuera tras la espada que desde el callejón le insinuaba su señor padre, fue el propio palco presidencial el que concedería el discutido indulto cuando ni siquiera una vez se había perfilado Colombo, por lo menos para hacer el paripé de la suerte suprema, lo que al menos justificaría tal vez uno de los indultos más polémicos que hayamos visto en esta plaza.

Lo de Antonio Suárez vino ser la reconfirmación del gran momento que atraviesa este torero. Así lo dejaría en retina de muchos en su primero, ese al que en la muleta con parsimonia y regusto fue mimando por ambos pitones, en especial por la derecha donde dejaría impresos muletazos de gran calado artístico que levantaron la ovación de los entendidos. Una pena que el fallo reiterado con la espada le dejara sin las orejas, las que tenía seguro en su esportón.

Pocas opciones tuvo con el que cerró su lote, un jabonero feo y escurrido, al que la voluntad y ganas de volver a repetir dosis de toreo caro del toro anterior se esfumaría tras el paso por el caballo. El puyazo de Carlos Álzate dejaría planchada las intenciones de embestir del torito al que le faltaba fondo y alma para embestir a las telas que le presentaba un torero al que hay que verle de nuevo. Por algo ese brindis de torero a torero, de maestro a aspirante, de Luque a Suárez, en el toro de regalo, un detalle que deja en claro lo que puede ser este torero si logra corregir materia pendiente con la espada.

Mérida (Venezuela), domingo 11 de febrero de 2024. Toros de El Prado (2º, 3º, 6º y 7º) y Rancho Grande (3º y 4º), justos de presentación, nobles pero desrazados, siendo premiado con un discutible indulto el sexto, Teleférico de nombre, número 227, de 430 kilos, negro. Un toro de Los Marañones (1º), manso, y un sobrero de regalo de Juan Bernardo Caicedo (8º), noble. El rejoneador Francisco Javier Rodríguez, oreja; Daniel Luque, oreja, silencio y dos orejas en el de regalo; Jesús Enrique Colombo, dos orejas y dos orejas simbólicas; Antonio Suárez, palmas tras aviso y ovación con saludos. Entrada: 8.000 espectadores.

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